Entrevista Nengumbi con Paul Byrne

Buenos Aires, Argentina Diciembre 2009
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lunes, 16 de enero de 2017

La ruralidad negra cuenta su historia

Domingo 15 de Enero de 2017

La ruralidad negra cuenta su historia

En un pueblo cercano a Villaguay rescatan un cementerio de los “manecos”, donde descansan los restos de miembros de familias afroamericanas que llegaron desde Brasil hacia 1870. Los descendientes cuentan la historia de sus mayores

Por Jorgelina Hiba / La Capital


Manuel Gregorio Evangelista era brasileño, negro y esclavo. Nació en algún lugar de esa tierra pero decidió que no iba a morirse ahí, donde hacia finales del siglo XIX todavía existía la esclavitud. Entonces emprendió un camino largo y peligroso hacia el sur del continente, donde la Asamblea del año XIII había decretado la libertad de vientres.

Fue el primer afrodescendiente en llegar a la zona rural de Villaguay, Entre Ríos, hacia 1870. Allí se casó, tuvo 13 hijos y allí murió. Su vida excepcional tuvo un final único: fue el primer sepultado en el “cementerio de los manecos”, un lugar creado por la comunidad negra de la zona para enterrar a sus muertos que hoy busca ser rescatado del olvido después de décadas de abandono.

“La historia de los negros de América es la historia de los nadies”. Abraham Arcushin, odontólogo descendiente de rusos que despunta el vicio del estudio de la historia local de ese rincón de Entre Ríos, pensó la frase antes de largarla al viento sentado bajo la sombra de un antiguo ubajay: ese puñado de palabras sirvió para explicar por qué el cementerio de los negros de Ingeniero Sajaroff (pequeño pueblo ubicado a 20 kilómetros de Villaguay) todavía parece más un baldío que un lugar sagrado.

A pesar de su particularidad histórica, el cementerio de los negros —uno de los pocos, o tal vez el único de Argentina— hoy está abandonado y sobrevive al lado de un basural. “El basural está indicado con un cartel, el cementerio ni eso” puntualizó Arcushin mientras repasaba con la mirada las viejas cruces oxidadas y los montículos de tierra que marcan de forma desordenada el lugar dónde descansan los 25 manecos. Estos le dieron vida y prosperidad a un pueblo que primero se llamó Capilla y que después fue rebautizado con el nombre de alguien que compartía la condición de inmigrante con Evangelista, pero que tenía otro color de piel.

Pero después de años de silencio de la historia oficial, algo está empezando a cambiar en Sajaroff: tras una persistente insistencia, Arcushin logró que el gobierno entrerriano se interesara en recuperar parte de su propio legado.

Fue así que desde el Ministerio de Turismo de esa provincia designaron al Museo Serrano de Paraná como institución responsable de investigar el aporte de los afrodescendientes en esa zona, un mandato que salda una deuda y que ayuda a poner en palabras escritas algo que hasta ahora sólo se transmitía de manera oral.

Cuidar la historia

Como cuentan algunas de las descendientes de Evangelista que aún viven en el pueblo, aunque durante años los bebés venían al mundo gracias a las manos negras de la partera “maneca” Clara Peralta, los muertos de piel oscura no tenían lugar junto a los blancos. Por eso eligieron una parcela algo alejada del centro del pueblo para enterrar a sus viejos y a los que se iban antes de tiempo.

“Es hermoso sentir que al fin puedo contar mi historia, porque acá siempre predominó la herencia de los europeos”, explicó Isabel Pérez, bisnieta del esclavo que huyó de Brasil, en el mismo patio donde los negros se asentaron para darle vida, color y música a la ruralidad entrerriana.

La escuchan y asienten dos de sus parientes cercanas: Juana Evangelista y Soledad Ramírez, también descendientes de Manuel. Soledad es la hija de Clara, la partera, a quien prometió que iba a recuperar el cementerio en memoria del esfuerzo de sus antepasados.

“Los manecos sufrieron mucho para llegar acá, los viejos contaban que habían tenido que huir de Brasil tras una matanza de esclavos y que caminaban de noche para escaparle al calor”, rememoró Soledad.
En Ingeniero Sajaroff el propio nombre del caserío evidencia qué parte de la historia se eligió contar: poco se sabe de la herencia afro, y al menos por ahora no hay carteles ni circuitos turísticos que retomen esa tradición.

Isabel tiene una explicación para eso: “lo que pasa es que acá los negros seguían siendo casi esclavos, trabajaban mucho y les pagaban con comida o ropa, y eso no era ser enteramente libre”, reclama más de un siglo después.

El trabajo de archivo y los relatos orales ubican la llegada de los esclavos brasileños entre 1850 y 1870. Uno de ellos fue Evangelista, quien se casó con la uruguaya Lorena Pintos con quien tuvo 13 hijos a partir del año 1874.

“Es un caso particular que visibiliza todo el proceso migratorio de los afrodescendientes” explicó Juan Marco Quiroga, quien junto a Cristian Lallemi, Alejandro Richard y Joaquín Fontana llevan adelante el trabajo de recuperación histórica, coordinado por el Ministerio de Turismo de Entre Ríos a través del museo de Ciencias Naturales de Paraná, con colaboración de la Municipalidad de Villaguay y la Junta de Gobierno de Sajaroff.

Los investigadores sostienen que el nombre de “manecos” viene de Manuel, ya que según sus estudios no tiene ningún significado en portugués.

Tras su llegada Evangelista comenzó una historia llena de sacrificio y trabajo junto a otros afrodescendientes que, como él, habían decidido fugarse del Brasil esclavista para desembarcar en las fértiles tierras entrerrianas, donde al poco tiempo también arribarían rusos judíos perseguidos por el hambre y por el zar.

Dos historias

Aunque las dos comunidades crecieron a la par y pudieron convivir de buena manera, la historia oficial —hecha a base de decisiones humanas—les reservó un lugar distinto.
Según el censo de 1820, en Villaguay había 30 personas anotadas como “esclavos” sobre un total de 300 habitantes, a lo que habría que sumar a otros de origen angolés que ya habían sido anotados como ciudadanos libres.

Por lo tanto —según explicaron Richard y Quiroga— más de un 10% de la población del lugar era negra, una situación que se replicó en muchas localidades de esa provincia como Concepción del Uruguay y Paraná.

Pero el propio Estado, embarcado en un proyecto de país blanco, fue el que se encargó de borrar esa parte de la historia: “la generación del ‘80 y la idea de un país hecho con colonos europeos ayudó a que la historia de los negros fuera invisibilizada”, explicaron, para agregar que incluso en los archivos oficiales de esa época se dejó de hablar de negros para anotarlos como “trigueños”.

Capilla era en esa época un poblado rural con cierto movimiento que tenía almacenes, depósitos de granos y la pequeña iglesia que le daba nombre al lugar.

Poco después de la llegada de los afrodescendientes comenzaron a llegar colonos europeos, y en 1892 se fundó la colonia judía de la mano de la segunda gran ola inmigratoria.

Muchos eran campesinos pobres rusos judíos, aunque también desembarcaron a tierras enrerrianas hombres de negocios y profesionales escapados por cuestiones religiosas y políticas. Uno de ellos era Miguel Sajaroff.

Según el grupo de estudio, los manecos eran muy flexibles y abiertos a las nuevas culturas: tanto así, que con los años y la convivencia muchos comenzaron a entender e incluso a hablar el yiddish, la forma de hebreo que usaban los judíos europeos. “Existía una buena simbiosis, y gran disposición a trabajar juntos”, resaltaron los investigadores.

Se dedicaron al trabajo manual y a tareas rurales en un principio, para luego (ya a principios del siglo XX) convertirse también en carreros que transportaban mercaderías.

“Acá hubo un proceso migratorio puro y un pueblo con una enorme historia. Tuvo su momento de esplendor con la cercanía del tren, una gran cantidad de acopios agrícolas y hasta un teatro”, explicó Richard.
Como muchas otras localidades de la zona agrícola argentina, Sajaroff se movió al compás de las protestas sindicales que buscaban mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los obreros y campesinos.

Pero como también ocurrió en vastas zonas pampeanas, a partir de la década de los 50 y entrados los años 60 el pueblo comenzó a quedarse vacío ya que muchos de sus pobladores eligieron irse a grandes ciudades, sobre todo Buenos Aires.

El cementerio

No existe certeza sobre la fecha de fundación del cementerio de los negros de Sajaroff. Los investigadores piensan que data de finales del siglo XIX o principios del XX, aunque la fecha exacta aún es difusa.
Está ubicado en la ruta de acceso al pueblo, sobre el margen izquierdo de la calle y justo al lado de un basural. Es un cuadrado de tierra despareja que encierra una veintena de cruces viejas, algunas caídas y todas oxidadas y que está precedido por un muro semiderrumbado.

Con el campo como paisaje de fondo, se destacan tres armazones de hierro de estructura vertical. “Cuando morían bebés o nenes muy chiquitos los manecos los enterraban con cuna y todo, con la creencia que al enterrar la cuna también alejaban a la enfermedad de la casa”, aclaró Quiroga.
Junto con Arcushin, destacaron que el cementerio tiene un valor histórico muy fuerte, y que su recuperación es clave para reconstruir la memoria de esta comunidad.

Así lo siente también Isabel: “el cementerio será nuestro lugar, el lugar de nuestra comunidad. Es algo muy importante para mi, y la idea es poner allí las dos banderas, la de Argentina y la de Brasil”.
Como paradoja, o tal vez como continuidad de la buena convivencia que tuvieron negros y judíos, es Arcuchin —descendiente de europeos— el que más insistió para recuperar la historia del cementerio de los manecos.

“Siento agradecimiento por estos trabajadores que ayudaron a los colonos europeos a conocer esta región, los manecos trabajaron mucho por este lugar”, dijo, para agregar que el cementerio estuvo largos años abandonado a pesar de sus intentos para lograr que al menos fuera reconocido como sitio histórico de interés.

La persistencia de años dio resultado hace poco, cuando el actual ministro de Turismo de Entre Ríos y ex intendente de Villaguay, Adrián Fuertes, se comprometió a recuperar el sitio. “Recién ahora comienza a haber conciencia del lugar”, apunta Arcachim

“Lo primero será sacar al basurero de allí”, señala, para completar la idea que tiene para el sitio: un mural alusivo a la memoria del arte y la cultura afro que inundó la región hace más de cien años, y carteles que cuenten lo que pasó en esas tierras.

Un patio de tambores

En lo que entonces se conocía como Capilla, los descendientes de africanos construyeron dos lugares de referencia para la comunidad: un caserío de una decena de viviendas ubicadas en torno a un patio ordenado por un viejo ubajay (árbol de sombra compañera y frutas grandes y coloridas), y el cementerio.

Lo que ahora se conoce como “el galpón” era el lugar de encuentro social, de baile, música y tambores compartidos. Así lo recuerda Isabel Pérez, bisnieta de Manuel Evangelista, hija de Ramona y nieta de Victoria, de quien tiene hermosos y precisos recuerdos teñidos de herencia africana.

“Mi abuela cantaba en brasileño y era muy religiosa: los días de Semana Santa nos llevaba al cementerio de los manecos a rezar allí, y tenía devoción por su santo negro, que además era milagroso”, rememora sentada en un banco bajo la misma sombra que la cobijó cuando era una nena que comía la mazamorra de trigo que le preparaba Victoria en su mortero.

El santo negro era hacedor de milagros e iban a consultarlo del pueblo y alrededores cuando a alguien se le perdía un animal en el campo: “venía gente a pedir por su animal, entonces mi abuela ataba al santo a una rama, lo hacía girar y para donde quedaba mirando era la zona donde había que ir a buscar”, recuerda Isabel.

Isabel dejó Sajaroff muy joven y vivió hasta hace pocos meses en Buenos Aires. A pesar de que en el pueblo no hay —literalmente— nada (ni comercios, ni bancos, ni bares, ni centro de salud) decidió volver adonde se crió “para tener paz y aire limpio”.

Es un buen lugar para recordar los años de su infancia, teñidos de las polleras de colores de su abuela, de sus collares y pañuelos en la cabeza. Y también de los bailes y tambores en el patio.

En la zona del antiguo caserío comenzaron a hacer las primeras excavaciones, cuyos resultados permitirán reconstruir costumbres, cultura, alimentación y hábitos de consumo de las familias instaladas en torno al enorme ubajay. “El aporte de la arqueología histórica es muy importante, siempre complementada con trabajo de archivo”, explicaron los expertos.

Una de las ideas más importantes para el rescate de esta historia es la de oralidad: lo que los descendientes cuentan que relataban sus mayores, aquellos que todavía tenían frescas las costumbres y palabras de otra vida.

“Rescatar los relatos orales es fundamental para reconstruir al menos parte de esta historia. Acá no hay demasiadas cosas escritas, así que la tradición oral es la que mantuvo la historia viva”, comentó Richard.
Por eso uno de los objetivos es mostrar que además del circuito de las colonias judías, que es conocido y que está indicado en mapas y cartelería, existe otra historia que todavía debe ser contada.

El proyecto

El primer objetivo del grupo conformado por Juan Marco Quiroga, Cristian Lallemi, Alejandro Richard y Joaquín Fontana es generar información para poder proteger el sitio histórico en el marco de la ley provincial del patrimonio. “La prioridad hoy es proteger el lugar”señalan.

Los trabajos de excavación, que comenzaron en noviembre pasado, son en realidad los primeros acercamientos arqueológicos, una suerte de sondeos previos a las excavaciones que ayudan a armar un “mapa” del lugar con la distribución de las antiguas construcciones y los usos estimados del suelo.

El trabajo de campo se complementa con archivo y entrevistas para rescatar el patrimonio oral a través de descendientes de los primeros pobladores negros del lugar. Un fino trabajo de reconstrucción de historias familiares que desemboca en la reconstrucción de la historia de la propia comunidad.

Fuente: http://www.lacapital.com.ar/la-ruralidad-negra-cuenta-su-historia-n1320811.html

martes, 10 de diciembre de 2013

CON LA ESPERANZA DE PODER VER LO QUE MIRAMOS


Por Camilo  Fernández Hlede 
Coordinador de la Comisión de Juventud e Inclusión Social 
REAL

 
Mirta Toledo - Nengumbi Sukama -Silvia Posadas


El viernes 29 de noviembre pudimos tomar conciencia real de una deuda histórica y cultural que tenemos los argentinos. La necesidad de hacer visible aquello que, hasta el momento, se nos mostraba como velado a nuestros ojos.

Como habitantes de un mundo que se piensa inclusivo, aunque por momentos no sabe bien ni qué es ni cómo hacer esa inclusión, seguimos concientizando sobre la necesidad de mirar verdaderamente al otro. Con sus riquezas y flaquezas.

Todos reconocemos la belleza de la diversidad, pero aún no sabemos cómo apreciarla en toda su magnitud.


Esto fue lo que sentimos aquel día, al apreciar la obra de la artista plástica, la Lic. Mirta Toledo. Una mujer argentina dueña de una excepcional sensibilidad, que nos ayudó con sus pinturas a comprender esta realidad. La que vivieron y aún viven los "Afrodescendientes Argentinos". Muchos de ellos centrales en nuestra historia, sin embargo, pocas o escasamente reconocidos.
                                                                                     Juan Bautista Cabral; Fermin Gayoso, 
                                                                                    Enrique Nadal, idel Nadal y Nengumbi Sukama       
La muestra de arte titulada "Héroes Afrodescendientes Argentinos Invisibilizados" es, por decirlo de algún modo, un despertar de los sentidos, del conocimiento y de la memoria.

Contando con la iniciativa del Instituto Argentino para la Igualdad, Diversidad e Integración; con el apoyo económico de la Dirección de Fortalecimiento de las Organizaciones de la Sociedad Civil perteneciente al Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y con el auspicio de la Embajada de la República Democrática del Congo en Argentina, hemos disfrutado además de un hecho artístico, una excelente revisión histórica realizada por el organizador de la muestra el Lic. Nengumbi Celestin Sukama, Fundador y Presidente de IARPIDI y Vice Coordinador de la Comisión d Juventud  e Inclusión Social de REAL.

Con el objetivo de "visibilizar" a la población afrodescendiente de este país, la muestra reconstruye, de algún modo, la "narrativa histórica argentina". Se deja en claro, pues, el rol activo que tuvo y tiene la población afrodescendiente en la Argentina, tanto como Nación y como Estado.
               María Remedios Del Valle
Retratos de Manuel Gervasio Posadas, María Remedios del Valle, Josefa Tenorio, Juan Bautista Cabral y Lorenzo Barcala, entre otros, embellecieron las paredes de la Sala Ana Díaz de La Casa de la Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Sus imágenes atestiguan e inmortalizan la presencia de los negros en nuestra patria. Activos participantes que, aunque olvidados, dejaron sus huellas en las luchas independentistas, en las letras, en la música, definitivamente en nuestra historia. 

La toma de conciencia respecto a la diversidad étnica y cultural en la familia de Mirta Toledo marcó su obra. Como hija de Toribio Toledo (afro-guaraní) y Eva (española), la artista expresó en sus pinturas la historia de todos sus ancestros. Sus obras son, tal como ella lo manifiesta, "la celebración de las diferencias existentes entre los seres humanos, en contraposición a la masificación cultural que nos imponen los medios de comunicación globalizados". Nada más cierto que sus propias palabras: "La diversidad es uno de los tesoros de la humanidad".

Tal como dice el título de este artículo, deseamos poder mirar y ver - en toda su existencia - a aquellos descendientes de afros esclavizados que vivieron y trabajaron en y por este país. Deseamos ver a todos sus descendientes que aún siguen construyendo nuestra patria. No será el esfuerzo de un grupo reducido el que haga posible que esto suceda, sino el trabajo colectivo de una Nación entera.

Promover y fomentar la construcción de una sociedad inclusiva e igualitaria, con un profundo respeto por los derechos fundamentales de todas las personas - sin ningún tipo de distinción - es la deuda histórica que debemos saldar y a la que hacemos referencia al inicio de este escrito. Una tarea que será imposible si seguimos "invisibilizando" a los afrodescendientes, a las mujeres, a los que poseen distintos credos, a los que tienen elecciones sexuales diferentes, a los nativos originarios de nuestras tierras, a las personas con necesidades especiales, etc.                                                                               Bernardino Rivadavia


Sólo sí aprendemos a ver la belleza de lo único y lo diverso, de lo semejantemente distinto, podremos considerarnos una sociedad justa y verdaderamente inclusiva. Definitivamente, como dice el Lic. Sukama: "De mi verdadera historia nace mi verdadera identidad". Con esto, Nengumbi quiso decir que la Verdadera Identidad de la Argentina, nace de su Verdadera Historia, la cual siempre tuvo tres componentes poblacionales, a saber: población de origen americano (hoy llamado pueblos originarios), población de origen europeo y población de origen africano. 

 

jueves, 11 de julio de 2013

La sangre negra que corre por nuestras venas

Nosotros, los argentinos, tenemos un conjunto de características sociales y culturales atribuibles al pueblo negro 


LA SANGRE NEGRA QUE CORRE POR NUESTRAS VENAS

por:
LEONARDO  STREJILEVICH

Tuvimos desde siempre la ilusión de un país blanco y europeo excluyendo a los afrodescendientes; es necesario redescubrir la Argentina negra y mestiza que había sido invisibilizada en el pasado.

Hay tres errores que siempre saltan cuando se habla sobre los negros en el país. Ni eran pocos, ni los tratábamos bien ni fueron libres a partir de 1813 como se cree (Marta Goldberg); hay que sincerar el mito de país blanco y europeo y reconocer la significativa presen¬cia de los negros en nuestra tierra.

Si la Asamblea de 1813 hubiera declarado la libertad de los escla¬vos (que se hizo efectiva en 1861) y no la libertad de vientres, como efectivamente sancionó, el mismí¬simo Rosas no habría declarado en 1825 entre sus bienes muebles a los 33 esclavos que tenía repartidos en dos estancias. Algo normal para la época, cuando llegaban al puerto "toneladas de negros", a los que se bautizaba y daba el apellido de su dueño. Miles de los 11 millones de africanos vendidos como esclavos que llegaron a América eran en 1810 un tercio de la población por¬teña y el 60% de la catamarqueña, según consta en los registros.

Hasta 1970 “nun¬ca había habido negros en la Ar¬gentina” por culpa de dos ideologías surgidas en el siglo XIX –la del blanqueamiento, y la del marxismo– que hicieron que los estudios sobre los negros en la Argentina no se desarrollaran hasta los años 90.

El poderoso com¬promiso de la sociedad argentina con el concepto de un país blanco y europeo volvió muy difícil que los intelectuales argentinos pudie¬ran reconocer y aceptar la dimen¬sión negra de su historia, cultura y sociedad. El enfoque marxista y estructuralista teorizaba sobre las clases sociales y relegaba a un se¬gundo plano raza, etnia y género.

La historia oral, la an¬tropología biológica, la estadística y la musicología han demostrado que una parte considerable de la población argentina se reconoce como descendiente de los negros esclavizados hasta 1861 y man¬tienen buena parte de su cultura vigente (Pablo Cirio).

La ilusión forzada de una sociedad blanca y europea, de una París porteña, funcionó como  cepo que tornó invisible la suerte de los afrodes¬cendientes en Argentina, de aque-llos que sobrevivieron mestizos a las guerras de la Independencia, del Paraguay y a las epidemias de viruela y fiebre amarilla.

Existe "una narrativa dominante de la nación" que for¬zó e invisibilizó la presencia y las contribuciones étnicas y raciales de los africanos en América (Alejandro Frigerio).

Hoy sabemos que el 5% de la población argenti¬na es afrodescendiente. Muchos siguen diciendo que no existen y sin embargo son alrededor de  2 millones.

Las diferencias entre negros y blancos según los códigos racistas y los estereotipos negativos que aún tiene nuestra sociedad se pueden listar de este modo:

*Un blanco vestido de blanco es doctor; un negro vestido de blanco es heladero.

*Un blanco con alas es un ángel; un negro con alas es un murciélago.

*Un blanco tomando vino está haciendo el aperitivo; un negro tomando vino está emborrachándose.

*Un blanco que junta llaves es un coleccionista; un negro que junta llaves es un delincuente.

*Un blanco con novia jovencita es afortunado; un negro con novia jovencita es degenerado.

*Un blanco con uniforme es militar; un negro con uniforme es portero.

*Un blanco rascándose es alérgico; un negro rascándose es sarnoso.

*Un blanco con un arma es precavido; un negro con arma es asaltante.

*Un blanco con maletín es ejecutivo; un negro con maletín es traficante.

*Un blanco corriendo es deportista; un negro corriendo es carterista.

*Un blanco con sandalias es turista; un negro con sandalias es marihuanero…

Sin embargo: el Presidente del país más poderoso del mundo es negro; el líder del Comité Nacional Republicano es negro; la magnate de los medios más conocida es negra; el mejor golfista del mundo es negro; una de las máximas jugadoras de tenis del mundo es negra; entre los actores que más ganan en el mundo están los negros; el conductor de carreras de autos más veloz del mundo es negro; uno de los astrofísicos más brillantes es negro; uno de los neurocirujanos más reconocidos es negro; el hombre más rápido del planeta es negro; varios de los más grandes músicos y creadores de todos los tiempos del mundo son negros…

Entonces, la Argentina tiene, entre otras, raíces africanas. Hay que  pensar en tres raíces, vale decir, a considerar los orígenes blancos, negros y aborígenes de la cultura argentina (Néstor Ortiz Oderigo). Para nuestro orgullo blancoeuropeo, la prosapia negra del tango representa una piedra en el zapato. La Argentina no fue ni es el país blancoeuropeo que imaginaron nuestros abuelos, sino parte indisoluble de Afroamérica. No nos diferenciamos del resto del continente por no poseer población negra, sino por no asumirla como parte de nuestra identidad. Como sucedió en otros países de América, por nuestra sed de enriquecimiento y de poder fuimos cómplices de la trata esclavista.

Varios músicos nuestros, ya legendarios, son todos ellos de ascendencia africana: Carlos Posadas, Gabino Ezeiza, Gregorio "Soti" Rivero, Enrique Maciel, Leopoldo Ruperto Thomson, apodado el "Africano", y Ricardo Justo Thomson. Los negros bailaban autoexcluídos en aquellos tiempos coloniales el candombe, el fandango, la calenda y la bambula danzas consideradas por los blancos como verdaderos ritos sexuales y por ello desaprobados.

Los negros, son más argentinos que la mayoría de nosotros. El barco donde vinieron es muy anterior al barco donde vinieron los inmigrantes. Están acá desde hace cinco generaciones.
En la Argentina se extranjeriza lo negro, como si negro y argentino fueran irreconciliables.
El racismo argentino existe pero no es agresivo y abierto como el de tantos otros países, sino que está oculto, no agrede, es suavecito y silencioso.

Nuestro racismo es diferente del racismo común en países donde la presencia negra resulta indiscutible, se trata de una sorpresa originada en una negación: desde siempre nos han asegurado que en la Argentina no había ni quedan negros. Creemos ingenua o aviesamente que así como los indígenas parece que desaparecieron sin dejar rastros durante la Campaña del Desierto, los negros se evaporaron como por ensalmo durante las epidemias de cólera y de fiebre amarilla. Persisten  estas dos ilusiones;  una simple mirada bastaría para discernir, en los libros de historia (Sarmiento y Rivadavia no descendían precisamente de vikingos) o, simplemente, en la calle.

Los negros están entre nosotros; se han mezclado, se han fundido, pero siguen entre nosotros. Considerarlos cosa del pasado  y limitar su influencia sociocultural y no considerar ni reconocer sus aportes  reproducen mecanismos coloniales basados en el criterio de la utilidad; lo que realmente importa no es lo que nos aportaron, sino lo que son.

La realidad fundamental es que los argentinos somos casi todos mestizos. El error de no pensarse africano es similar al error de pensarse europeo.

Los barcos negreros siguieron llegando a Buenos Aires hasta 1861. Aunque la libertad de vientres se decretó en 1813, y aunque la Constitución de 1853 abolió definitivamente la esclavitud, la verdad fue otra. Entre las últimas camadas de esclavos negros, se cuentan los que trajo en 1850 el almirante Brown que, después de su retiro como marino del almirantazgo, se dedicó al comercio esclavista; se conocen los nombres de los barcos en que arribaron.

 Los esclavos, entre nosotros, fueron mal tratados. Los historiadores blancos han contado la historia como han querido. Es cierto que en Buenos Aires había negros de servicio, pero ¿es tratar bien arrancar a alguien de su país y hacerlo trabajar gratis? Eso, sin contar las plantaciones de caña de azúcar de Tucumán, donde menudeaban los latigazos igual que en Cuba o en Brasil. Si cantaban o bailaban, eran doscientos azotes, por lo menos, ordenados por los patrones esclavistas. Lo mismo por adorar a otros dioses o hablar  lengua propia. Juan Manuel de Rosas,  no los quería tanto como se dice; de repente estiraba la mano sin avisar, y si el negro que estaba parado atrás no le ponía rápido un mate, lo mandaba a azotar.

Ortiz Oderigo, en sus libros, nos habla de los "buques fantasma", que, cargados de "hombres con dueño", llegaban a nuestro puerto desde el Congo, Angola, Mozambique y Benín, trayendo hasta nosotros dos culturas: la bantú y la sudanesa. En 1730, dice, la Gran Aldea contaba con cincuenta mil habitantes, de los cuales veinte mil eran negros. Pero considerar que todo esto pertenece a nuestra prehistoria es tan negador como no observar en nuestro rostro argentino las huellas de esos pueblos que nos dejaron, además del tango,  la zamba y la chacarera, su propia sangre.

Olvidarse de los negros, invisibilizarlos, es un olvido que nuestra patria debe reparar, no por ser la sola culpable de un comercio tan indigno (una potencia negrera como Francia lo fue bastante más, y ya no duda en admitirlo golpeándose el pecho), sino para reconocerse a sí misma de una vez por todas. Recordar la presencia de un barco del que descienden en nuestras costas hombres negros encadenados significaría, por fin, la aceptación de lo que somos.

Los negros en el Buenos Aires antiguo fueron habitantes numerosos; toda la vida doméstica giraba sobre ellos, los indígenas y los negros fueron los primeros proletarios en el Río de la Plata (Julio Mafud). La condición de esclavos de estos negros hacía que trabajaran en casas pudientes como cocheros, jardineros, cerrajeros, pajes, cocineros, mucamos, sirvientes, faroleros, aguadores, panaderos, zapateros. Las negras eran las criadas de confianza de las damas; amasaban, cebaban mate, cocinaban, hacían la limpieza…afuera, en la calle, vendían en beneficio de sus dueños pasteles, postres, dulces y tortas…

Buenos Aires, a mediados del siglo XVIII poseía 16.000 habitantes de los cuales casi las tres cuartas partes eran negros, mestizos y mulatos que se arrinconaban en veinte manzanas de los barrios de San Telmo, Concepción, Santa Lucía y Monserrat. Es un misterio insondable la rápida desaparición física de los negros en nuestras tierras ya sea por asimilación racial, por enfermedades o barridos por el fragor de las guerras y batallas teniendo en cuenta que los negros y los morenos lucharon en casi todas las acciones bélicas del Río de la Plata desde las invasiones inglesas  (batallón de Pardos y Morenos), en la emancipación con los patriotas,  también con los realistas y en nuestras luchas internas (Urquiza poseía dos batallones de negros que lucharon en Caseros contra los mulatos de Rosas) cosa que no ha ocurrido en el Uruguay y en el Brasil que importaron mayor cantidad de negros esclavos que nosotros. Los negros podían conquistar su libertad incorporándose a los ejércitos; eran buscados por su habilidad, coraje y sometimiento a los mandos teniendo en cuenta, además, del rechazo de los nativos de nuestro país por el servicio militar.

La expansión capitalista en América no se puede comprender sin la trata de esclavos, la expoliación y la violencia (Julio Mafud). Los productos más importantes en la época colonial fueron el azúcar, el tabaco, el algodón y el cuero que eran trabajados con procedimientos y técnicas elementales que requerían mano de obra intensiva en grandes extensiones de monocultivos y de pastoreo. Las colonias padecían la falta de mano de obra; los indígenas agotados, fugitivos, perseguidos y asesinados se iban diezmando. Los blancos no trabajaban eran feudales, funcionarios o dueños de la tierra y sus productos y se consideraba el trabajo en las colonias una actividad y una faena de esclavos (Germán Arciniegas); “el negro era otra riqueza, otro animal”. El P. Cayetano Cattáneo afirmaba en 1730 que los esclavos eran los únicos que trabajaban en el Río de la Plata.

 La importación de negros para la esclavitud a las Antillas comenzó en el siglo XVI, en Europa la esclavitud ya era familiar, con la aprobación de la corona española; su comercio se efectuaba más por la vía bucanera que por la vía legal (el contratista portugués Pedro Gómez Reynal suministró a ese mercado 38.000 esclavos en casi diez años). Portugal abastecía de esclavos a varias naciones europeas con sus posesiones del Africa; este comercio llegó a ser el más ventajoso en aquellos momentos.

España permite por Real Cédula (1789 y 1791) el libre comercio en sus colonias de venta de esclavos centralizando la gestión en Sevilla y Cádiz donde sólo los castellanos podían traficar por ser miembros del Consulado de Sevilla y sólo se podía transportar esclavos a las colonias con la autorización previa de la Corona; un poco más tarde se incorporaron a este mercado los ingleses que compraban los esclavos en las costas de Guinea y los transportaban para revenderlos en América. En 1580 se unen las coronas de España y Portugal para el comercio de esclavos dado la gran demanda. Expulsados los ingleses de las colonias españolas el comercio derivó a los portugueses y holandeses. Los holandeses estimulaban el cultivo del azúcar y al mismo tiempo suministraban los esclavos para las tareas. En el Río de la Plata se pagaba por la compra de esclavos a través del trueque con trigo, cuero o lana.

La extenuación por el trabajo de los negros esclavos era más barata que la del indígena. Poco a poco, Inglaterra monopolizó el tráfico y el comercio de esclavos (el primer empresario inglés que comerció públicamente con esclavos fue Sir John Hawkins, precursor de las flotas corsarias y de las compañías comerciales que, para no pasar por contrabandistas, pagaban los derechos de licencias y las cargas oficiales; la reina y muchos miembros de la Corte tenían acciones clandestinas en estas empresas ) desplazando a España, Francia, Portugal y Holanda ; a través de doscientos años de contrabando y filibusterismo se apoderó de numerosos dominios de españoles, portugueses y franceses en América violando leyes comerciales y monopolistas; los asientos de esclavos fueron utilizados para la expansión colonial que traía aparejada la conquista económica y política. La piratería en gran escala constituyó hasta el final del siglo XVII una rama importantísima del comercio regular. Esta narración es una breve historia de la realidad.

Fuente: http://www.elintransigente.com/notas/2010/8/27/sangre-negra-corre-nuestras-venas-53935.asp