Entrevista Nengumbi con Paul Byrne

Buenos Aires, Argentina Diciembre 2009

sábado, 15 de junio de 2013

CELEBRACIÓN DEL DÍA DE ÁFRICA 2013



El “Día de África” se celebró el último jueves 30 de mayo en el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la Nación, en un encuentro que reunió a embajadores de los países africanos, funcionarios diplomáticos nacionales, miembros de la comunidad africana residente en el país y afrodescendientes. En el 50º aniversario de la fundación de la Organización de la Unidad Africana (OUA) –organismo que impulsó a partir de la década del ´60 en Addis Abeba, Etiopía, la unidad, la cooperación y la erradicación del colonialismo, y que fue reemplazado en 2002 por la Unión Africana-  el continente africano se ha transformado de manera significativa.
En el salón Manuel Belgrano, las palabras de bienvenida estuvieron a cargo del secretario de Relaciones Exteriores de la Cancillería argentina, embajador Eduardo Zuain, quien se refirió al por qué de la elección del 25 de mayo como “Día Mundial de África” y explicó que OUA nació en 1963 con la inmensa tarea y responsabilidad de “promover la unión y la solidaridad entre los pueblos de un continente, que luchaba por acabar con todas las formas de dominio y explotación a las cuales eran sometidos sus hombres por parte de las potencias imperiales”. En este sentido, comentó que “los ecos de aquellas luchas épicas –forjadas por nombres como Nelson Mandela o Patrice Lumumba, entre otros- lejos de limitarse al continente africano, resonaron con fuerza en el mundo entero y sirvieron de ejemplo a millones de hombres y mujeres que, desde otras latitudes, también luchaban por conquistar sus derechos”. Sin duda, la creación de la entonces OUA marcó un antes y un después en la historia de todo el continente africano, como organismo que bajo la lucha política peleó por la soberanía de los pueblos del continente; batalla que provocó que la palabra “descolonización” fuera unos de los ejes centrales de debate en la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
África se mueve, y por eso hoy el siglo XXI encuentra al continente africano en un lugar muy distinto. “Si acaso ayer la lucha fue por la descolonización, hoy lo es por el desarrollo de sus pueblos, centrando sus energías en consolidar la paz y la seguridad”, sostuvo el secretario de Relaciones Exteriores de la Cancillería argentina. En lo que refiere al actual contexto de crisis económica internacional, la primera década de este siglo vio crecer al conjunto de estados africanos “dos puntos por encima de la media mundial, mientras que el producto per cápita creció más del 150 por ciento en los últimos diez años”, dijo Zuain. “Más aún, las proyecciones para 2015 señalan que de las diez economías que más crecerán, siete serán africanas, añadió.
Asimismo, expresó que “Argentina tiene a África dentro de sus prioridades en política exterior, prioridad que se constata en la intensificación del diálogo político de alto nivel, con cada vez más estados del continente, la celebración de acuerdos, la ampliación de cooperación, la realización de funciones comerciales y la apertura de nuevas embajadas argentinas en el continente africano”.
Argentina no sólo tiene en sus raíces a los pueblos indígenas originarios, sino a miles de inmigrantes africanos que llegaron a este país producto de la servidumbre. “La ley de liberación de vientres en 1813 –que liberó a los esclavos nacidos en otro territorio- y la abolición definitiva de la esclavitud, con la Constitución Nacional en 1853, fueron los primeros pasos destinados a incorporar a los africanos y sus descendientes en la sociedad argentina”, indicó Zuain. Sin embargo, el fenómeno migratorio se renueva en este siglo con la llegada de miles de africanos que aportan desde su cultura y su trabajo, para consolidar el progreso de este país. De esta manera, Zuain concluye que “África está en movimiento y será nuestra tarea, para las próximas décadas, mantener el ritmo para seguir esos pasos. ¡Viva la Unión Africana! ¡Viva América Latina!”.
Luego, subió al escenario el embajador de la República Argelina Democrática y Popular en la Argentina y decano del grupo de embajadores africanos, Benaouda Hamel, quien expresó que celebramos el 50º aniversario de un acontecimiento que “daría a luz un futuro brillante, al salir de la colonización”. En este sentido comentó que “durante mucho tiempo África permaneció en la sombra, saliendo a la luz solamente de manera marginal, con su costa oeste desangrada por la trata de esclavos, condenados a una larga noche inhumana”.
“La empresa colonial no se contentaba con pisar África, no era suficiente despojar a la víctima de sus bienes, había que –además- herirla, negándola. Es decir, negándole el derecho a ser humana”, opinó el representante argelino. De esta manera, Hamel llamó a la reflexión y propuso repensar el presente sin remordimientos ni arrepentimientos, con los ojos bien abiertos y la voluntad tendida en el porvenir, postura que compartían y fomentaban los padres fundadores de esta África plural y unida.
“África y los africanos saben sobre el estado de derecho, la buena gobernanza, el respeto de las libertades y de los derechos humanos. África está lista para recuperar su lugar entre los grandes conjuntos continentales”, señaló Hamel.
Por último, el representante argelino destacó que “más allá del lazo histórico-cultural de sangre que une a la Argentina con África, ambos tienen un fuerte potencial económico de naturaleza complementaria, que puede contribuir al desarrollo de los respectivos pueblos”, objetivo en el que trabajan los embajadores.
Poco después de las palabras de Hamel, una pantalla gigante dispuesta sobre el escenario mostró una proyección de distintos momentos que se han vivido en el Segundo Festival Cultural Panafricano de Argel, que reúne como hace más de 40 años a centenares de músicos, bailarines africanos. Allí, un recorrido sobre la historia del continente: desde la esclavitud y el sometimiento, hasta el surgimiento de movimientos independentistas y la liberación del enclave colonial.
Concluido el acto en el salón Manuel Belgrano, fue el turno de pasar a un salón contiguo donde las mesas con canapés y platos típicos de países africanos deleitaron a los concurrentes. Por supuesto no podía faltar un brindis, las fotos y el apretón de manos. Aunque la mayor de las sorpresas se la llevó la música y el baile propuesto por un grupo de nigerianos, que no sólo colorearon la tarde con su ritmo y cordialidad, sino también con sus brillantes atuendos.

Por: Sabrina Améndola




domingo, 9 de junio de 2013

Día Nacional de Afroargentinos y Cultura Afro

El Gobierno oficializó la ley que instituye el 8 de noviembre de cada año como "Día Nacional de los Afroargentinos y de la Cultura Afro", en conmemoración de María Remedios del Valle, a quien el General Manuel Belgrano le confirió el grado de Capitana por su arrojo y valor en el campo de batalla".


Según lo determina la norma 26.852 sancionada el pasado 24 de abril y publicada en el Boletín Oficial, se instituye "el día 8 de noviembre como Día Nacional de los/as afroargentinos/as y de la cultura afro en conmemoración de María Remedios del Valle, a quien el General Manuel Belgrano le confirió el grado de Capitana por su arrojo y valor en el campo de batalla".

Además, se incorpora esa fecha "al calendario escolar" y se encomienda al Ministerio de Educación de la Nación "acordar la incorporación a los contenidos curriculares del sistema educativo, en sus distintos niveles y modalidades, la conmemoración de dicho día y la promoción de la cultura afro".

Fuente: http://www.argentina.ar/temas/historia-y-efemerides/19088-dia-nacional-de-afroargentinos-y-cultura-afro

martes, 28 de mayo de 2013

La pelea por hacer visible a la comunidad de refugiados e inmigrantes afro

El Instituto Argentino para la Diversidad e Integración busca la inserción de inmigrantes y refugiados africanos. En diálogo con AUNO-Tercer Sector, su fundador, el congoleño Nengumbi Sukama, destacó logros y habló de cuentas a saldar: “Las herramientas están, pero Argentina quiere seguir siendo un país blanco”.

Por Sabrina Améndola
  Nengumbi Celestin Sukama es un refugiado congoleño que llegó a la Argentina en 1995 perseguido por un gobierno dictatorial. Su vida corría peligro y la oportunidad que se le presentó fue recalar en nuestro país. Con las enseñanzas de una difícil adaptación, en 2007 fundó el Instituto Argentino para la Diversidad e Integración (Iarpidi), con el objetivo de facilitar la inserción e integración de miembros afro en nuestro país.
Esos objetivos, que parecen al alcance de la mano, se encuentran obstaculizados por las prácticas discriminatorias que aún prevalecen en el campo laboral, la salud y la educación. Y por los problemas para acceso igualitario en el ejercicio de sus derechos culturales y políticos.

En diálogo con AUNO-Tercer Sector, Sukama no sólo mostró un amplio conocimiento de la historia argentina, sino también de las falencias del presente para los refugiados africanos en el país. “La principal inquietud es la de conseguir la documentación, además de poder acceder a un trabajo decente. La discriminación, el racismo, el hostigamiento policial en la calle, el acceso a una educación formal, el acceso a la salud, son otros de los temas recurrentes de consulta en la asociación”, detalló.

¿Cómo surgió la idea de fundar Iarpidi?
El instituto nació a fines de 2007 como una respuesta a la violación de los derechos humanos de los solicitantes de refugio, refugiados, inmigrantes africanos y afrodescendientes en Argentina. Es la continuidad del trabajo que venía realizando Forefa (Foro de Refugiados en la Argentina) en los años 90, con la idea de demostrar el incumplimiento de la asistencia efectiva a estas personas por parte del Estado argentino. En 2005 hice el cambio de ciudadanía y recibí la argentina, lo que me permitió tener mayor participación política. Al año siguiente, un grupo de refugiados nos autoconvocamos y fundamos el Foro de Refugiados, fui electo presidente y comenzamos a realizar un trabajo de concientización para que el Estado tome cartas en el asunto e implemente políticas de integración, algo que no ha ocurrido en su totalidad hasta el día de hoy. Finalmente en 2007 fundé Iarpidi.

¿Cuáles son las principales líneas de trabajo de la asociación?
La promoción y protección de los derechos humanos, de solicitantes de asilo y de refugiados, por un lado, y de inmigrantes africanos y afrodescendientes, por el otro. Investigar las distintas formas de discriminación social, apuntar a una línea de trabajo contra el racismo político e institucional que llevan a la exclusión. En este contexto, todo el trabajo comienza por la concientización y, es por eso, que desde la institución fomentamos la participación en charlas y talleres para llevar adelante una discusión sobre la temática. También apuntamos a la creación de proyectos que impulsen el bienestar de aquellas personas víctimas de prácticas racistas, sobre todo, porque este país adquirió obligaciones internacionales en lo que hace a la lucha contra el racismo. Desde Iarpidi creemos que la integración es fundamental. Somos muchos y diferentes, pero vamos juntos.

¿A qué obligaciones internacionales hace referencia?
A la Convención de Ginebra de 1951 sobre el Estatuto del Refugiado, al Protocolo de Nueva York de 1967 y, a nivel regional, la aceptación de la Declaración de Cartagena sobre Refugiados de 1984, que amplía o profundiza el concepto de refugio y da fundamento al estatuto de refugiado en Argentina. Los países que ratificaron esos convenios se comprometieron a brindarle protección internacional a solicitantes de refugio y a refugiados. También, la lucha contra el racismo está en el Programa de Recomendación de Durban de 2001, que promueve “la eliminación de toda forma de discriminación racial”. Aquí hay antecedentes con la creación del Inadi y con la elaboración del Plan Nacional contra la Discriminación en 2005. Las herramientas están, pero Argentina quiere seguir siendo un país blanco.

¿Por qué cree que ocurre esto?
Los próceres de la Generación del `80 –como Domingo Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, y José Ingenieros- proyectaron una Argentina donde no debían existir “negros”, en términos de grupo étnico, si bien físicamente existían y en un amplio número. En su dicotomía “Civilización y barbarie”, Sarmiento señalaba como bárbaros a los afro, indios y gauchos; discurso que quedó en el imaginario argentino y que se transmitió de generación en generación. En la actualidad, la presencia afro no existe ni siquiera en los manuales escolares. A los chicos no les enseñan que hubo población afro en Argentina. Se estima que en 1778 en la provincia de Santiago del Estero, el 50 por ciento de la población era afro; mientras que Buenos Aires tenía un 30 por ciento y Tucumán un 42 por ciento. En promedio, Argentina contaba con un 50 por ciento de población afro.

A partir de este ocultamiento, ¿cree que el racismo es más fuerte en Argentina que en otros países de la región?
Sí, porque por más pequeñas que sean existen comunidades afro en otros países de América y aquí eso no se ve. Este fue un país donde hubo mucho mestizaje, aquí hay gran cantidad de afrodescendientes, de los cuales un gran porcentaje niega su descendencia africana. Entonces, revertir esta cuestión requiere de mucho trabajo por parte de los políticos, quienes deben ser los primeros actores de lucha contra el racismo.

¿Realizan charlas y talleres de concientización?
Hasta ahora el trabajo era interno con investigaciones y notas que se subían nuestro sitio web. A partir del año pasado comenzamos a dar charlas en los colegios, con la idea de fomentar una línea de trabajo a favor de la integración. Este año, fuimos a un colegio, pasamos un video de Naciones Unidas que decía: “Declarate defensor o defensora de los derechos humanos”, coincidiendo con Día mundial contra la Discriminación Racial y el racismo, que se conmemora cada 21 de marzo, luego conté mi historia personal y los chicos me hicieron preguntas. Además, ofrecimos una charla que incluía a diez panelistas de distintas comunidades: judío, boliviano, wichí, qom, afro, donde cada uno de ellos contaba algo para concientizar y luchar contra el racismo. Además, hacemos reuniones en ámbitos del Estado, como la Defensoría de la Nación, el Ministerio de Educación de la Nación y la Secretaría de Derechos Humanos, porque son ellos los que tienen la posibilidad de cambiar las cosas.

¿Cuáles son las principales inquietudes con las que llegan a la institución miembros de la comunidad afro o afrodescendientes?

Para los refugiados, la principal inquietud es la facilidad para conseguir la documentación, además de poder acceder a un trabajo decente. La discriminación, el racismo, el hostigamiento policial en la calle, el acceso a una educación formal, el acceso a la salud, son otros de los temas recurrentes de consulta en la asociación. Es claro que si un derecho humano está afectado, los otros también lo estén. En los afrodescendientes y africanos es muy recurrente el tema del racismo que en Argentina es constitucional, ya que el artículo 25 de la primera parte de la Constitución Nacional, después de la reforma de 1994, sigue fomentando la inmigración europea, lo que constituye la promoción implícita del racismo.

¿Cómo es la inserción laboral para integrantes de la comunidad afro?
Es muy difícil. Cuando un africano llega a este país se le niega la posibilidad de acceder a un empleo digno y estable. El pensamiento aquí es que el negro sirve para trabajos pesados, ya sea para trabajar en la construcción o en el restaurante lavando platos, es decir, que lo pesado, lo no dignificante es para el negro. Nadie llama a un afro por su nombre por más de que lo conozcan, siempre le dicen: “Vení negro hacé esto”. Los primeros que llegaron trabajaron en la construcción y recibían un trato humillante, discriminatorio. Por eso, como alternativa de trabajo muchos comenzaron a vender en la calle, trabajando varias horas. La venta callejera comenzó en 1998 cuando dos muchachos, uno de Malí y otro de Sierra Leona, empezaron a ofrecer remeras con diferentes diseños y colores, que se hacían en la década del `70 con la cultura hippie; después se sumó un muchacho de Senegal vendiendo obras de arte en madera. Como el negocio empezó a andar bien comenzaron a vender bijouterie que compraban en el barrio de Once, y en el 99 se sumaron algunos que antes pertenecían a la construcción. Ese mismo año, la Comisión Católica le empieza a dar dinero a la gente para que iniciar un microemprendimiento, unos 400 pesos para comprar la mercadería. Así, la venta ambulante empezó a duplicar en las calles, con el agregado de ventas de carteras, cinturones y billeteras en los últimos años, aunque hoy ya no reciben esa ayuda material. Detrás de esto no hay ninguna mafia, es la única manera que la gente tiene para ganarse la vida.

¿Cree que la gente discrimina por ignorancia o por miedo al otro?
Nunca se discrimina ni por ignorancia ni por miedo al otro. Esas dos teorías son falsas. Se discrimina porque el europeo instaló la teoría de la superioridad racial, el que discrimina lo hace porque se siente bien considerando que es mejor. El europeo instaló el tema de la superioridad racial y al otro no hay que darle la dignidad humana, entonces por no darle la dignidad humana no hay que facilitarle el acceso o el bienestar socioeconómico, porque el racismo pasa por la economía. Si alguien lo quiere llevar a nivel internacional ahí verá que los países prósperos se llaman primer mundo y el resto es la periferia o los países subdesarrollados que sufren la discriminación de los países avanzados.

Una de las líneas de trabajo de Iarpidi apunta a erradicar el racismo a nivel institucional. ¿Alguna vez sufrió actos de discriminación racial en alguna institución pública?
Sí, muchas veces los miembros afro somos atendidos con indignación. Me pasó en el hospital Penna, donde una recepcionista tuvo actitudes racistas para con mi persona. Era una enfermera me trató muy mal en varias oportunidades y negaba mi atención en la guardia. Hice llegar mi queja al director del hospital, la sancionaron disciplinariamente y siguió sólo como enfermera.

¿Cuántas personas de la comunidad africana viven en la Argentina?
Es una gran pregunta. Como nunca fueron censados no se sabe cuántos afro hay en la Argentina. Con la nueva inmigración, por estimaciones de la Conare habría algo así como 10 mil personas. En el censo de 2010, en las grandes ciudades con 50 mil habitantes sólo el 10 por ciento de los censistas salieron con el formulario ampliado donde existía la pregunta sobre afodescendencia o pueblos originarios, eso implica que de cada diez afro en las ciudades grandes, uno sólo fue censado como afro y nueve no lo fueron. Debería ser obligatorio que salgan con ese formulario pero fue una decisión deliberada del país para no hacer ver tantos afro. Entonces, se estima que en el último censo hubo más o menos 150 mil africanos y afrodescendientes encuestados. Y que de esto apenas 0,04 serían afrodescendientes, unas 11 mil personas. Dentro de ese número hay uruguayos, afrobolivianos, afrocolombianos y africanos. Por eso, de africanos estimo que estaremos rozando los 10 mil.

¿Cómo se financia la asociación? ¿Reciben algún tipo de ayuda?
No, no recibimos ayuda económica, salvo un proyecto audiovisual que presentamos al Gobierno porteño y ganamos el año pasado, que nos otorgó un subsidio pero sólo destinado a ese fin. Entonces, las pocas personas que somos –unos diez socios- aportan 30 pesos por mes y solventamos gastos menores y realizamos el trabajo desde mi casa, porque en diciembre del año pasado perdimos un espacio que teníamos en comodato en la avenida San Juan al 2400. En estos momentos no podemos ir a pagar un alquiler de 1500 pesos o más. Tengo pensado escribir una carta dirigida al Gobierno de la Ciudad contándoles nuestra situación.

¿De qué países provienen los inmigrantes africanos que arriban a Argentina?
La llegada de africanos a este país fue variando. La última tendencia –de 2002 en adelante- es de Senegal. Desde ese momento la comunidad afro más grande de Argentina son los senegaleses. Antes llegaban desde Nigeria, Liberia y Malí. Los que somos pocos estamos dispersos, los congoleños no llegamos a ser 30, pero los senegaleses llegan a 3500, y la tendencia es que cada miembro de la comunidad se agrupe, como una forma de cuidarse de los abusos, de fortalecerse. Los últimos que arribaron al país provienen de Ghana y de Costa de Marfil.

¿Por qué eligió como logo de la institución el sol de la Bandera argentina?
El logo marca el territorio nacional argentino, por la bandera de este país. El sol con la cara del ser humano promueve el principio de la igualdad y la no discriminación para fomentar la integración, ya que cuando el sol sale, sale para todos y todas. El sol no discrimina.

Cómo contactarse:

http://iarpidi.org/
info@iarpidi.org

viernes, 17 de mayo de 2013

La Dinastía Negra del Congreso

Ideas 14/05/13

La antropóloga Laura Colabella investigó el origen afro de muchos empleados que trabajaron en el Congreso de la Nación desde 1825 en adelante. Es un aporte al enigma sobre la “invisibilidad” de una comunidad.

Por Ines Hayes



Fue su adolescencia en Salvador de Bahía lo que llevó finalmente a la antropóloga Laura Colabella a investigar sobre Los negros del Congreso. que derivó en un libro publicado por la editorial Antropofagia-CAS-IDES. Ella estaba, precisamente, en ese lugar considerado el “estado negro” del Brasil, donde la población negra y su pasado esclavista tenían una amplia visibilidad.

Los “negros del Congreso” son aquellos trabajadores de ascendencia africana que por filiación accedieron a cargos –en su mayoría tareas de limpieza y mantenimiento– en el Poder Legislativo. Aquella experiencia le impidió aceptar la tan extendida premisa de que en la Argentina la población negra había desaparecido en las guerras por la independencia o que había sido afectada por la epidemia de la fiebre amarilla. En su trabajo de campo, basado en entrevistas en profundidad, Colabella descubrió que el ingreso de estos trabajadores no obedecía a una ley que los incorporaba con carácter hereditario, como lo demostraban las crónicas periodísticas de la época, porque esa ley nunca apareció.

-¿Cómo se explica que si no había legislación que estableciera los cargos hereditarios, los medios de comunicación de principios y mediados de siglo XX, comunicaran que sí existía y el ingreso de los nuevos trabajadores se efectuara como si la hubiera?
-Los relatos de mis interlocutores coinciden en señalar que están “allí” por una ley. Pero no debemos perder de vista que los investigadores sociales y los periodistas no siempre tenemos los mismos objetivos. Los periodistas retrataban a estos trabajadores de manera pintoresca como quienes “honran a su raza” por ocupar los puestos de maestranza y mayordomía, y a quienes se presentaban como formando parte del decorado del palacio legislativo, al usar uniforme y guantes blancos en ocasiones extraordinarias. Su propósito no era más que ese, señalar el pintoresquismo que les provocaba la presencia de negros, en uno de los tres poderes de un Estado construido como “europeo” y “blanco”. Para así producir aquello que se conoce como “nota de color”: ¡qué casualidad! Por el contrario, para nosotros, antropólogos, ese pintoresquismo es un aspecto que hay analizar detenidamente. Por esa razón, mi primer propósito fue atravesar las puertas del Congreso para buscar “la ley” que, como decía, nunca apareció; y luego buscar a “los negros” para conocer a qué se referían con el término “ley”.

-¿Cómo llegaste a determinar aquello que llamaban “ley”?
-Fue mediante sus relatos que pude descubrir que aquello que los protagonistas denominaban “ley” y, que los medios de prensa reproducían literalmente, cobraba otro sentido que el de las leyes sancionadas por las cámaras de diputados y senadores destinadas a legislar fuera del palacio legislativo, en el ámbito nacional. Por el contrario, lo que mis informantes referían como “ley” era más bien una “ley puertas adentro”, es decir, era la forma nativa de referir al reclutamiento por filiación, una práctica muy extendida y presente en diversas reparticiones estatales en la que el hijo primogénito pasaba a ocupar el puesto dejado vacante por el padre, un mecanismo no sólo restringido a los negros sino a todos los trabajadores estatales.

-¿Pero, entonces, cómo funcionó la raza en la incorporación de los trabajadores de ascendencia africana al Congreso de la Nación en el contexto del Estado invisibilizador argentino?
-Quien habló de invisibilidad, para la población afrodescendiente de Buenos Aires, fue el historiador norteamericano George Reid Andrews, en su célebre Los afroargentinos de Buenos Aires (1989). Con ese término, designó al mecanismo por el cual se logró eliminar gradualmente la categoría racial en los censos y estadísticas oficiales. Ese “ardid estadístico” consistió en reemplazar las categorías raciales de “pardo” y “moreno” por la de “trigueño”, primero y “blanco”, después. Algo similar descubrí en el Congreso cuando pedí consultar los legajos de los ordenanzas en el Archivo del Senado. Uno de sus funcionarios, me indicó que debía tener los nombres de “los negros” puesto que en los legajos no se registraba si el ordenanza era “blanco”, “negro” o “amarillo”. Sin embargo, dichos trabajadores eran notablemente visibles para el resto de los trabajadores congresales. Cuando al inicio de mi investigación, preguntaba por el nombre de alguno de ellos en diversas dependencias del Palacio, me solían responder “ah, el negro” o “el morocho”; indicándome también la cámara y la dependencia a la que pertenecían. En definitiva, si bien la raza al interior de un poder del Estado cobraba visibilidad, no era absolutamente definitoria ni operativamente significativa en términos prácticos de la vida de estos empleados estatales. Pues en sus relatos, ellos revelan ingresar del mismo modo que el resto de los trabajadores del Congreso: en el puesto dejado vacante por el padre. Un procedimiento que incluía mecanismos formales e informales como ir a ver a “fulano”.

-¿Cómo se concretaba ese procedimiento de ver a “fulano”?
-Esto es, ir a ver a un legislador que concrete el ingreso, en caso de haber puestos disponibles en el escalafón legislativo. Dado que éste último es quien legitima filiación entre el solicitante y el agente fallecido. Era una práctica ancestral que se remontaba a los orígenes mismos de la organización estatal moderna. En suma, los “negros del Congreso”, por su visibilidad racial, lograban añadir, con su presencia, una visibilidad extra; que correspondía al modo en que el Estado argentino reclutaba a sus trabajadores entre los hijos de sus agentes fallecidos. Lo que dio lugar a la constitución de verdaderos linajes en diversos sectores de la burocracia estatal.

-¿Por qué los entrevistados se refieren a su ingreso a la planta legislativa con los términos “dinastía” o “tradición”?
-Las nociones de “dinastía” y “tradición” son los términos con que ellos denominan su pertenencia a un linaje. La idea de “dinastía” es referida por una de las familias de trabajadores negros más renombrada del Congreso, cuyos miembros reconocen su antepasado negro en un sirviente que se desempeñó como esclavo en la casa de un marino genovés, que llegó al Río de la Plata en 1825; y participó junto al almirante Brown en la guerra contra el Brasil. Dicho marino le concedió el apellido a su sirviente y con él también honorabilidad por haber participado en las luchas y enfrentamientos por la organización nacional, leal a la causa de Buenos Aires. Fue el apellido lo que se tornó clave para el ingreso de estos descendientes al Congreso, constituyéndose en una de las primeras familias “de morochos” en el Poder Legislativo. Por el contrario, el término “tradición”, es utilizado por otra de las familias de trabajadores afrodescendientes que traza su descendencia ya no de un antepasado esclavo, sino de un antiguo ordenanza de la Cámara de Diputados reconocido por su plena dedicación al parlamento y por haber servido a destacadas figuras de la política nacional. En suma, las nociones de “dinastía” y “tradición” son los modos en que estas familias vinculan su condición de negros al interior del Palacio y de la planta burocrática.

-¿Por qué los negros del Congreso te han permitido recuperar la noción de “teodicea secular”?
-La noción de “teodicea” fue acuñada por el sociólogo alemán Max Weber. Weber vinculó ese término a la religión más concretamente a la idea de creencia, a la forma general de resolver la contradicción entre la concepción de un dios perfecto con poderes infinitos y un mundo imperfecto creado por él. Se trataba de un concepto que buscaba justificar el lugar que cada agente social ocupaba en un universo social pensado en términos nacionales. En ese sentido, la “teodicea” de “los negros del Congreso” es un relato en que las nociones de “dinastía” y “tradición” pueden leerse como los modos en que estos interlocutores justificaron su ingreso a la planta burocrática y que se extendía a todos los trabajadores estatales más allá de su adscripción racial.

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/laura-colabella-congreso-de-la-nacion_0_917308274.html




domingo, 12 de mayo de 2013

Teatro en Sepia (TES) presenta: “Afrolatinoamericanas. De Voces, Susurros, Gritos y Silencios”


* Desde el 3 de mayo, todos los viernes a las 21hs., en La Manzana de las Luces, Sala La Ranchería, Perú 272, San Telmo, C.A.B.A, Argentina.
* Reservas: 4342.9930. Entrada: $60 (Descuentos para jubilados y estudiantes $40). Más info: www.teatroensepia.blogspot.com / http://www.facebook.com/tes.teatroensepia

Sobre “Afrolatinoamericanas. De Voces, Susurros, Gritos y Silencios”.

Afrolatinoamericanas. De voces, susurros, gritos y silencios es la puesta en escena de diversos textos históricos y poéticos escritos por mujeres afrolatinoamericanas que relatan las gestas, pasiones, pesares e ilusiones de las mujeres afrodescendientes de Argentina y Latinoamérica, desde la época de la esclavitud hasta nuestros días. Llegadas a territorio latinoamericano en los barcos esclavistas, secuestradas y privadas de todo libertad, estas mujeres lucharon, se rebelaron y tejieron estrategias que les permitieron no solamente sobrevivir sino rehacer sus vidas, entrelazándolas con la todo un país (y un continente) que aún no toma conciencia de su presencia ni de su historia, haciendo recaer sobre ellas el olvido, la discriminación y los prejuicios.

Sobre “Afrolatinoamericanas. De Voces, Susurros, Gritos y Silencios” (adicional).

La puesta abre con la imagen de Sarah Baartman, tristemente conocida como La Venus Hotentote, expuesta en ferias europeas para ser observada como un animal salvaje a principio del siglo XIX. Su fuerza y recuerdo unirá a las mujeres afrodescendientes a lo largo de la historia y del territorio. Cada afrolatinoamericana recibe este mensaje y, a su vez, en las manos de cada una el mensaje se resignifica. Pero estas mujeres no dejan de compartir con Sarah Baartman una situación de estereotipación e hipersexualización: son miradas, observadas, expuestas…. En este circo en el que sin quererlo las afrolatinoamericanas son protagonistas, irrumpen tiempos y espacios diversos trazando continuidades y rupturas.

Sobre Teatro en Sepia (TES).

Dirigida por la directora y actriz Alejandra Egido, trabaja desde las artes escénicas en pos de quebrar la histórica indiferencia y olvido de la presencia de los descendientes de esclavos en la Argentina, y de los afrodescendientes provenientes en migraciones pasadas o contemporáneas que habitan en este territorio. Aprovechando las actuales corrientes ideológicas y la nueva atención del Estado que abren fisuras en los discursos oficiales, tiene entre sus objetivos principales exponer a través del arte la problemática de la negación e invisibilidad afrodescendiente en un país que se considera exclusivamente “llegado de los barcos” que traían a los inmigrantes europeos a fines del siglo XIX.

TES apunta no sólo la producción artística per se sino también generar en la comunidad diversos grados de (auto) reflexión a través de la búsqueda y exploración de nuevos caminos expresivos. Que la compañía esté onformada por personas afrodescendientes y no afrodescendientes, artistas e historiadores que aportan tanto su memoria como rigor científico y una mirada crítica, apunta exactamente en esta dirección.

TES propone la ampliación del espacio escénico hacia la recuperación de las memorias, hacia la escucha a la oralidad y lo mítico, hacia la revisualización, hacia el re-conocimiento. En este sentido, interesa que el público se cautive a través del discurso poético del teatro, y reconozca el discurso dominante de blanquitud argentina que provoca tanto la invisibilidad y olvido general de lo negro, como la estigmatización y la discriminación. No se quiere una cristalización de exotismos, sino la creación de un espacio compartido de diálogo, de reencuentro de una narración reprimida, que muy pocos llevan consigo como “memoria” pero que la mayoría porta como “olvido”. Es un reencuentro que toma cuerpo, mente y palabra para cambiar nuestras percepciones y nos hace fluir más allá de los límites “raciales” impuestos desde los grupos de poder. Aspira -a través de la puesta en juego de los dramas sociales/performances- ganar espacio de discusión pública y, sobre todo, proveer herramientas de empoderamiento a la población marginalizada a través de la reflexión artística.

TES estrenó Calunga Andumba en el año 2010 en el Teatro Empire de Bs. As. y en 2011 en el Centro Cultural Raíces de la ciudad. Participó de La Noche de los Museos de la ciudad de Buenos Aires del año 2010 con una performance realizada en el Museo de la Mujer de la ciudad de Buenos Aires, titulada: Afrolatinoamericanas: de voces, susurros, gritos y silencios, también dirigida por Alejandra Egido. Esta performance se realizó también en 2011 en el Centro Cultural Petit Detall-El Agujero del Sur. En 2012, se estrenó una nueva puesta de la pieza ya como obra teatral, el Centro Cultural Raíces.

Ficha Técnica:

Dirección: Alejandra Egido.
Autoras: Alejandra Egido y Lea Geler.
Elenco: Carmen Yannone, Irene Gaulli, Silvia Balbuena, Anastacia Giménez y Natalia Morales.
Voz en off: Derli Prada.
Vestuario: Virginia Del Castillo.
Coreografías: María Zegna.
Diseño de Luces: Leandra Rodríguez.
Iluminador: Melina Rodriguez.
Filmación y edición de video: Natalia Morales e Ignacio López.
Diseño escenográfico: Fernando Diaz.
Guión y selección de textos: Alejandra Egido y Lea Geler.
Prensa & Difusión: Mariano Casas Di Nardo.
Teatro: La Manzana de las Luces, Sala La Ranchería, Perú 272, San Telmo, C.A.B.A, Argentina.
Funciones: Desde el 3 de mayo, todos los viernes a las 21hs.
Reservas: 4342.9930. Entrada: $60 (Descuentos para jubilados y estudiantes $40).
Estreno: 3 de mayo.
Finalización: Último viernes de julio.
La obra cuenta con el apoyo de PROTEATRO e institucional del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo) (Disp. 211/12). Y fue declarada de Interés Social y Cultural por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Exp. 3077-D-2012).
Hay buenas, inéditas y variadas fotos en alta y baja resolución. Para recibir más información, acreditación a las funciones, entrevista con su directora y/o elenco en persona y/o telefónicamente, comunicarse con Mariano Casas Di Nardo:
Mariano Casas Di Nardo – 15-50-19-2000 – 4931-8685.
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sábado, 13 de abril de 2013

Piel clara y consciencia negra. Para una descolonización de la raza “1″

Dante Ibrahim Matta
Mi opinión sobre esta cuestión surge de reflexiones inspiradas por la lectura de la crónica de Cases Rebelles titulada “¿Quién es negro/a?”2 . No pretende constituir una respuesta teórica universal –hasta dudo de que exista–, sino ser solamente la expresión de una experiencia desde el interior de los límites y de las paradojas de las identidades raciales.

Es imposible aprehender semejante tema sin especificar la naturaleza de la experiencia desde la que lo pienso: soy afrodescendiente de origen uruguayo, nacido y criado en Francia. Sin embargo, la particularidad de mi experiencia respecto de esta cuestión reside en el hecho de que, aunque soy afrodescendiente, se me reconoce en general como blanco, tanto dentro de la sociedad francesa como de la uruguaya, pues la ficticia, pero efectiva, “línea racial” fue franqueada por una aplastante mayoría de mis contemporáneos.

La pregunta que quisiera plantear ahora es la siguiente: ¿en qué consiste lo que queda de la identidad africana o afrodescendiente cuando la línea racial fue franqueada por la mayoría de aquellos que perciben la existencia del afrodescendiente? En otras palabras, ¿en qué medida existe el afro más allá del blanco y de su evidente supremacía? ¿Es posible que la supremacía blanca se reduzca únicamente a prejuicios y discriminaciones y a la asignación a una casta específica dentro de la sociedad?

Identidad: yo y los otros

Es necesario, en primer lugar, considerar la parte ligada a la experiencia propia de esta identidad. Es decir, su relación con los otros y con el “sí mismo” condicionada por la percepción que tiene uno de esta identidad misma, la cual, a su vez, está condicionada por una relación particular con la historia y la cultura.
A mí, probablemente no me van a discriminar nunca en cuanto a la obtención de un empleo o de un ascenso, ni para conseguir alojamiento, ni tampoco en un tribunal. Corro mucho menos riesgo de ser asesinado por la policía que cualquiera de mis hermanos afros, así como me ahorro el padecimiento de todo tipo de prejuicios en mi vida y en mis relaciones con los demás: gozo de total libertad de ser y de hacer lo que quiero sin que aquello se considere vinculado con el hecho de ser afrodescendiente si decido silenciar esta identidad. Si elijo conservar el secreto de mis orígenes, mi opinión acerca de las cuestiones sobre la esclavitud, la historia africana, el colonialismo o el racismo, siempre será recibida como más neutra y equilibrada que si tuviera la piel oscura (como si el hecho de beneficiarse de un sistema volviese al beneficiario mejor capacitado para juzgarlo objetivamente).

No pienso seguir elaborando un listado de las ventajas que me otorga el color de mi piel. Para ello, remito al lector al excelente artículo de la norteamericana blanca Peggy McIntosh sobre el privilegio de ser blanco3 .
Mi caso, sin embargo, es un poco más complejo de lo que podría parecer, por haber vivido experiencias de “salida de raza ”4 en las que mi interlocutor había “detectado” mi “no blancura”. Considerando que rara vez se abordará espontáneamente este tipo de tema durante una conversación, me es imposible saber si el otro ve más allá de mi máscara y me ve, entonces, como me veo yo. Este planteo se vuelve más difícil de resolver si admitimos que aquel que me considera blanco me ve tan incuestionablemente blanco como mestizo aquel otro que me intuye mestizo. Ello debería llevarnos a interrogar las líneas raciales y su subjetividad.

Se generan entonces una especificidad y una complejidad adicionales en el hecho de quedar atrapado objetivamente, por el entrecruzamiento de variadas experiencias vividas, en un envoltorio racial borroso. Se me atribuyó una serie de orígenes tan insólita como original, pasando del alemán, ruso o checheno al beréber, cabila, italiano, israelí o turco, o por orígenes más complejos como el mestizo (entendiéndose negro-blanco), el martiniqués, el eurasiático, llegando a veces a una total incertidumbre en cuanto a mi parte “no blanca” percibida cada tanto por algún interlocutor. Mi experiencia me permite elaborar series de suposiciones según la edad o el origen de la persona; en general, es la gente mayor la más hábil en detectar mi parte “no blanca”, así como también la gente del “mundo anglosajón”, donde la raza es objeto de una atención secular.

Por tanto, es sencillamente imposible saber en qué proporción exacta detento algún privilegio del ser blanco, pero parto del principio de que me beneficio de él porque, la mayoría de las veces, la máscara funciona.
Tengo la prerrogativa de poder definirme a mí mismo como se me canta pues, aunque mi interlocutor percibiese en mí mi parte “no blanca”, podría tranquilamente refutarla y esto quedaría aceptado sin problema. Así, a veces ocurre que alguien se percata de mi mestizaje a partir del momento en que aludo a mis orígenes, no antes.

Por lo que el lector podría preguntarse, y sin duda lo hace, ¿por qué me defino en tanto mestizo y afrodescendiente y no en tanto blanco? ¿Qué es lo que me distingue de un blanco? Desde ya, aquello consiste principal e inevitablemente en lo que realmente soy: poco importa que las líneas arbitrarias de las razas me piensen como aquello o lo otro, no puedo cambiar el hecho de que el padre de mi madre es negro, que toda su vida tuvo una experiencia de negro, que su propio padre era negro como él y que la madre de este último probablemente nació esclava en Brasil. Si yo fuese el hijo de una japonesa y un español, podría llegar a ser percibido en América del Sur como indio5 , pero ¿alcanzaría esto para que lo sea? En Francia, algunos árabes con la piel clara y los ojos verdes pasan a menudo por ser blancos, pero ¿alcanza esto para que lo sean?

Esta es una regla lógica y simple que afirma la existencia de una diferencia entre el ser y el parecer y que, además, perdió vigencia tanto en lo que concierne a la raza como, por otra parte, al género: es lo que hace confundir el orden social con el orden natural.

Responsabilidad, historias y antepasados

La unión entre la experiencia afro y yo tiene lugar en el aspecto a la vez íntimo y profundo de esta cuestión: yo no elegí esta identificación o esta relación con la historia, se me impuso. No puedo decidir pensar en eso un día y olvidarlo al día siguiente; está inscripto en mi cuerpo, en lo más profundo de mi memoria, en mi nombre: no creo que haya pasado un solo día desde hace muchos años sin que piense en esta cuestión, o en la esclavitud. El valor que intento infundir en este texto es esta relación “íntima”, constitutiva, de la experiencia afro: no uso ninguna palabra al azar.

Cuando digo que fueron mis tías y mis madres las que fueron violadas en esta época en las plantaciones, es algo que para mí cobra plena realidad. En cualquier situación en la que se evoca mi apellido, me es IMPOSIBLE no pensar que se me está nombrando con un nombre que no es el mío; es un estigma estampado sobre mí y sobre mi familia, y la continuidad de este crimen reside en el hecho de que yo no llevo el nombre de mi familia, sino el de su verdugo. Este nombre me despersonaliza aún más por negarme mi identidad africana. El saber que mis antepasados fueron arrancados de sus tierras africanas para viajar apilados como ganado en las calas de siniestros navíos, luego fueron vendidos como “muebles”, sin otro horizonte que el de la servidumbre, contribuye en gran parte a la construcción de mi identidad. Mis ancestros fueron excluidos de la humanidad (sin jamás haberla integrado realmente), se les impusieron nombres, religiones e idiomas en un proceso de despersonalización necesario para la “producción” de esclavos. Vivieron a continuación durante varias generaciones en lo que se llama ahora el “universo concentracionario de América”. El blanqueamiento de mis ancestros resulta ante todo de la violación sistemática de las mujeres, de mis madres y mis tías, lo que explica por qué el afronorteamericano posee un promedio de 25% de “sangre europea”. Al respecto, Cases Rebelles subraya con acierto que esta sangre proviene en la cuasi totalidad de los casos del lado paterno6 : “Porque allí como en otras partes, en América las violaciones aclararon las pieles. Reprochar a los descendientes de esclavos su tez, sus lugares, sus idiomas, su cultura, es reprochar a los esclavos el haber devenido esclavos. Lo cual es miserable y remata con magnificencia la obra de los negreros. En la esclavitud, no solamente lo perdimos todo porque éramos negros, sino también porque, además, nos volvimos blancos”.

Tampoco me es posible olvidar que la lucha incesante por una mera supervivencia dentro de un infierno innombrable ha sido la regla de sus vidas a lo largo de más de cuatro siglos. El hecho de saber que la existencia entera de mis padres y de mis madres se redujo a ser únicamente una herramienta económica al servicio de la construcción de la “modernidad occidental” y en detrimento de sus propias civilizaciones, llegando hasta la negación de ellas, no está suavizado por tener una piel clara. Saber todo aquello es una experiencia en sí misma de la que nunca he podido desprenderme, y ni el color de mi piel ni la textura de mi cabello cambia en nada la historia de mis ancestros y la conciencia que tengo de ella. Saber que llevo el apellido del que compró y explotó a mi familia durante varias generaciones no se vive más fácilmente con ojos verdes que con ojos negros.

Gracias a esta lucha heroica de cada instante quedan testigos para acompañarme, quedan “afrodescendientes”; no desaparecimos como otros tantos pueblos que, al igual que nosotros, padecieron un genocidio. Mientras haya personas que sean reconocidas y que se reconozcan como afrodescendientes, la memoria de nuestro pueblo y de nuestra historia quedará viva e ineludible. Peso mis palabras, sobre todo considerando un contexto regional donde, por ejemplo, la población afroargentina desapareció en su casi totalidad en menos de un siglo: estadísticas de principios del siglo XX demuestran que había un 30% de afrodescendientes en Buenos Aires. Hoy, siguen presentes, pero en una proporción mucho menor y, sobre todo, quedan persistentemente invisibilizados dentro de una sociedad cuya mayoría blanca no tiene –o prefiere no tener– conciencia de la existencia de una “tercera raza” en su suelo7 .

El hecho de no querer reconocerme afrodescendiente, y entonces pretender ser blanco, sería a mis ojos una traición de aquello que tuvieron que vivir mis ancestros. Representaría también una mentira que transmitiría a mis hijos, pues mi apellido es de origen portugués, cuando la persona que lo recibió de parte de su amo no era portuguesa, sino indudablemente africana.

Me considero depositario de esta historia.
No creamos que la supremacía blanca terminó con la abolición de la esclavitud ni tampoco hoy de manera oficiosa. En Uruguay, por ejemplo, siguió presente oficialmente hasta épocas muy recientes, por medio de leyes raciales que encerraban a los negros considerados “agitados” en prisiones especiales llamadas “asilos para mandingas”. Sin hablar del reclutamiento forzado de los negros en guerras para defender a una nación que los había reducido a la esclavitud, cuando los blancos eran, por supuesto, libres de comprometerse o no.

En el transcurso del siglo XIX, decenas de millares de africanos y de afrodescendientes perdieron su vida en los campos de batalla contra Brasil, Portugal, Inglaterra, España, Paraguay y Argentina, utilizados como carne de cañón por unos y otros. Este hecho sería un elemento decisivo en el genocidio de los afroargentinos cometido por San Martín durante ese periodo; sin olvidar el enorme número de africanos y de afrodescendientes muertos en la guerra civil uruguaya entre los dos partidos políticos que, por otra parte, abolieron la esclavitud con el único propósito de reclutar negros para esta batalla.

Podríamos evocar el desprecio aún palpable hacia todo lo que se refiere al negro, al africano, a su historia y su cultura sencillamente descartadas como inexistentes o como insignificantes. Todos los elementos asociados a la cultura afro, o bien son recuperados y desviados de su sentido original por la cultura blanca8 , o bien son percibidos de modo negativo por la sociedad. No se enseña absolutamente nada en la escuela de la historia de la esclavitud, de África, y si es que se aprende algo, se lo hace tomando distancia de esta historia, nunca mediante una identificación. Además, el mito que haría de Uruguay una nación blanca pura sigue actuando sobra las mentes por más que el activismo de las asociaciones afrouruguayas y amerindias haya logrado algunos cambios. Este mito es tan arraigado que la mayoría de los uruguayos blancos declaran con orgullo que todo el mundo, en su país, es de ascendencia italiana o española, con lo que se distinguen así del resto de América del Sur, ignorando, o pretendiendo ignorar, que los afros están presentes en estas tierras porque los trajo la deportación de sus ancestros africanos para esclavizarlos. Se repite también ad nauseum que todos los amerindios murieron, como para deshacerse del “problema”, negando así la realidad de la presencia de sus descendientes en Uruguay.

Lo que sí se ignora, en todo caso, es que el país se construyó gracias al trabajo forzado de los esclavos africanos y de sus descendientes: sea en la industria de la carne o en la construcción y el mantenimiento del puerto de Montevideo, o del de Colonia del Sacramento, la mano de obra era africana. Sin embargo, en los cuadros y grabados que relatan estos episodios es muy raro vislumbrar figuras africanas; los artistas locales que los tomaron en cuenta, a menudo, se limitaron a mantener a los negros en un papel histórico segundario.
Toda esta parte de la identidad negra está ligada a la ascendencia compartida por todos aquellos que se reconocen o son reconocidos como afrodescendientes, más allá del hecho de vivir o no la discriminación y la asignación de un lugar especial dentro de la sociedad. De ningún modo esta ascendencia es vivida o percibida de la misma manera por todos los afrodescendientes. Hay quienes viven cotidianamente la experiencia de ser mirados como negros pero no otorgan ningún interés a la historia de sus antepasados o de África.

Rechazo tajantemente que se me deniegue esta identidad bajo el pretexto de reglas arbitrarias definidas por el sistema colonial mediante el “colorismo”9 : si tuviera exactamente la misma fisionomía, con un color de piel un poquito más oscuro –parámetro que solamente depende de una ínfima parte del patrimonio genético transmitido por mis ancestro, entre tantos otros–, entonces el conjunto de la sociedad me reconocería como negro. ¿No parece absurdo? El color “negro” de la piel no es sino un accidente de la identidad esencial afrodescendiente, no la condiciona en nada. Jamás hubiese habido negros de no haber habido blancos. Resulta más absurdo aún, si cabe, que los propios afrodescendientes retomen y utilicen estas mismas categorías inventadas por los colonos europeos. Nunca faltó gente para calificar a Amilcar Cabral o Malcolm X de “falso negro”, so pretexto de que tendrían una parte blanca. Mi propósito no consiste en una voluntad de quedar asignado a un lugar poco deseable dentro de la sociedad por obra de una dudosa empatía, sino en ser reconocido así como yo me reconozco y tal como soy. Defiendo pues el derecho a la autoidentificación en contra de la borradura de una historia y de un pueblo: mi determinación a actuar en este sentido se encuentra reforzada por una aguda convicción de que la política de las élites blancas uruguayas del siglo XIX aplicada al blanqueamiento de mi pueblo y de mi país fue absolutamente deliberada.

Y esto se observa particularmente hoy en Uruguay, donde gran parte de los afrodescendientes no son considerados como tales (aunque la palabra, en definitiva, sirve únicamente para decir negro sin decirlo: recuerda un poco la perífrasis “gente de color” de otra época, cuando el alcance de esta definición era diferente), sino que van a ser calificados como “mulato” si son de piel digamos más clara que el “fenotipo” imaginario del “africano”. Se trata de un proceso inconsciente de desvanecimiento de los africanos y de sus descendientes de la historia y del paisaje nacional porque, efectivamente, los negros pueden desaparecer de una sociedad posesclavista (como en la Argentina, lo comentaré en otro artículo), pero los afrodescendientes no pueden hacerlo. Al menos mientras duren la autoidentificación y el rechazo de estas reglas innobles cuyo vocabulario proviene en general del mundo animal y vegetal (mulato, mestizo…).
Son numerosos, en la historia de los afrodescendientes, los mestizos que detectaron la trampa tendida por la supremacía blanca y eligieron reivindicarse en tanto negros. No faltan los ejemplos: Malcolm X, Angela Davis, W. E. B. Dubois y muchos otros no eligieron la denominación aséptica y exclusiva de “mestizo”, que los colocaría de hecho en un no man’s land racial e histórico, sino que asumieron plenamente sus herencias históricas con la consciencia muy clara de que no hay motivo por avergonzarse de ellas. ¿Quién ha visto a un blanco americano dejar de autodefinirse por su ascendencia irlandesa o italiana so pretexto de que esta se remonta ya a varios siglos atrás, como ocurre a menudo? Cada uno se aferra a su identidad precolonial y resulta de lo más comprensible: solamente a los africanos se les pide con condescendencia que miren para adelante y dejen de rumiar el pasado.

Esta parte de la identidad negra no está alterada por el mestizaje, queda inscrita en mis genes y en mi relación con la historia colonial. No está “atenuada” tampoco por mi parte blanca, porque mi percepción con respecto a la historia no es el resultado de un minucioso cálculo del porcentaje de “sangre” negra, blanca o indígena. Les guste o no a los supremacistas blancos que se regocijan perniciosamente de poder silenciar a un mestizo, si este se identifica con la historia de sus ancestros africanos, mediante el justificativo falaz de que él también sería portador de una “culpabilidad compartida” por tener ancestros blancos. Este tipo de argumentación solamente devela una culpabilidad blanca mal digerida. Se utilizará con más fuerza si la apariencia del afrodescendiente aludido se asemeja más a la de un blanco que a la de un negro. Como si fuera posible que la “sangre blanca” limpiase la “sangre negra” de la historia. Se produce ahí un efecto perverso de la ideología del mestizaje en tanto horizonte ideal en los países poscoloniales, asunto sobre el que volveré en un próximo artículo.

No se trata de una cuestión de culpabilidad; no creo que la culpabilidad o que la responsabilidad tenga por qué ser hereditaria. Cada uno es únicamente responsable de sus propios actos y sería absurdo guardarle rencor a un blanco por aquello que hicieron sus antepasados e igual de injusto sería el hecho de ampliar a todas las personas de “su raza” una responsabilidad general. La demanda de reparación por la esclavitud, legítima y que comparto, no tiene nada que ver con alguna culpabilidad, sino con el hecho de devolver lo que ha sido tomado. La “culpabilidad blanca” emana con frecuencia de los blancos mismos, quienes sienten malestar cuando se habla de estos temas, como si se aludiera directamente a ellos. El trabajo simbólico y psicológico por hacer es enorme: la negación de este problema solamente prorroga infinitamente la supremacía blanca, y la ausencia de este trabajo produce una falsificación sistemática y patológica de la historia africana. Frantz Fanon decía que matando a un colono se liberaba a dos personas del colonialismo: hay que descolonizar tanto al blanco como al negro10 .

Si una fortuna se construyó a base de trabajo forzado, entonces tiene que ser restituida. Y este es el caso del desarrollo económico de Occidente y de su pasaje a la modernidad industrial: sin la acumulación permitida por el saqueo de las riquezas de África y de las Américas y la masa gigantesca de obras realizadas gratuitamente por brazos africanos y amerindios, Occidente nunca hubiese salido del medioevo económico (Eduardo Galeano, entre otros, lo demuestra en su libro Las venas abiertas de América latina11 ). Los judíos recibieron reparación de parte del Estado alemán, no porque cada alemán sea responsable de la Shoah, sino porque el Estado alemán cometió el genocidio en tanto tal, además de sacar extraordinarias riquezas de la confiscación de sus bienes. Asimismo, los estadounidenses de origen japonés obtuvieron reparación por haber estado internados en campos durante la Segunda Guerra Mundial. Son dos las dimensiones: el crimen cometido y las riquezas obtenidas de este crimen. No existe ningún motivo por el que los africanos deberían quedar excluidos de la justicia humana.

Cultura y liberación

Después de recorrer el aspecto “vivido” y el aspecto histórico de la identidad afro, quisiera ahora detenerme en la noción de cultura, que tiene aquí un papel fundamental.

La cultura afroamericana (y no solo afroestadounidense) tuvo una importancia enorme en mi concientización hasta integrar mi propia identidad, bajo las dos modalidades descritas a continuación.
En primer lugar está el papel esencial de la cultura como correa de transmisión: por medio de la música, la literatura y el cine tuve conocimiento de la historia de mis ancestros afroamericanos. La narración histórica eurocéntrica que nos envuelve inevitablemente en Francia no hizo sino subrayar la ausencia de mi propia historia en mi conciencia y en la conciencia general: asombra sobre todo por su falta de consideración. Esto era muy difícil al principio, sin una buena caja de herramientas: ¿cómo averiguar si lo que me iban a enseñar sobre mis ancestros no era una mentira y una manipulación? Porque aquel que se presenta como autoridad histórica es la continuidad histórica de aquel otro, responsable de la destrucción de África. Por lo tanto, fue por medio de la herramienta necesaria del afrocentrismo que emprendí la deconstrucción de la historia de África que se me había contado hasta entonces. Más tarde, gracias a la crítica radical de la epistemología y del paradigma de la modernidad occidental, pude empezar a deshacerme de la ideología colonial. La lista de los que tienen mi gratitud por el desarrollo de este proceso es demasiado larga para ser incluida en este artículo; espero poder establecer pronto una bibliografía para remediar esta falta.

El drama del descendiente de colonizado que vive en el mundo de la supremacía blanca, en mi opinión, reside en esto: padece una despersonalización caracterizada por su ausencia en el interior de la narración histórica que la nación hace de sí misma. Él no es sino un objeto de la historia, no existe fuera de su relación con el blanco. Esta dependencia resulta particularmente exacerbada en la mitología producida respecto del afroamericano: fue comprado, reducido a la esclavitud y luego por fin liberado, pero siempre por el blanco.
Es la cultura, en tanto aspecto reconstructor y productor de una identidad autónoma, de un nuevo centro para el descubrimiento y la identificación con la larga y continua historia de las luchas africanas y descoloniales, la que devuelve su humanidad al colonizado pues, en adelante, es un ser que actúa.
Fue difícil, debido a la presión constante de parte de la ideología colonial para singularizar, minimizar y apropiarse de la lucha: ¿acaso no es muy común escuchar que los colonizados arrancaron sus cadenas gracias a los ideales de las Luces? Jeque Mohamed Al Bachir Al Ibrahimi, en Argelia, no evocaba a Voltaire, sino al Corán cuando asoció el colonialismo con una empresa satánica y profundamente antiislámica12 .

Los primeros levantamientos organizados de esclavos africanos en Brasil tampoco ocurrieron gracias a la francofonía, más bien gracias a la lengua del islam, el árabe, lo que los supremacistas blancos se cuidaron mucho de recordar: es necesario preservar el mito de los villanos árabe-musulmanes que hicieron pasar el África negra por el filo de la espada.

Recordar que el islam fue la piedra angular de la lucha anticolonial en los países musulmanes les disgusta a los promotores de la barbarie colonial y a sus descendientes ideológicos de derecha o de izquierda. Ellos, que siempre encontrarán ventaja en su empresa, incluso en su propia destrucción, según la concepción fundamental de que Occidente era, es y será el Faro del Mundo en una laicización grosera del concepto de “Destino manifiesto”. La génesis de un acto solamente puede emanar de ellos. Siempre son los únicos actores de la Historia.

No por azar mi profesión de la fe islámica se produjo en la unión entre el momento de la deconstrucción y el de la reconstrucción de mi identidad: semejante cuestionamiento no podía ser parcial y yo no podía ahorrarme una completa revisión de mi relación con el mundo. El materialismo ateo ciertamente no es neutro, ni históricamente ni culturalmente: es el producto de la modernidad occidental. No nos confundamos respecto de mis declaraciones: siempre hubo gente con todo tipo de ideas acerca del sentido de su existencia; esto no implica ningún grado más o menos importante de alienación a la ideología de la modernidad occidental o, en otras palabras, a la ideología colonial.

Es más bien al aspecto hegemónico de esta doctrina al que apunto, este mismo que alteró desde hace mucho tiempo las diferentes religiones produciendo materialismos religiosos inseparables de un “desencantamiento del mundo”, este mismo, a su vez, indisociable de la colonización en tanto acto de puesta en periferia del conjunto del mundo alrededor de un centro dominador y hegemónico.

Precisamente a raíz de este aspecto hegemónico, mi palabra perdió un peso considerable dentro del ámbito militante y universitario, debido a mi testimonio de fe: me volví un individuo considerado “premoderno”, por no usar otros adjetivos.

Tampoco es por azar que el islam, así como también otras tradiciones espirituales, haya cumplido un papel tan importante en el seno de los movimientos afroamericanos: el que se hace garante de tu alma es también el que la posee; por lo tanto, una deconstrucción no puede ser completa sin un total cuestionamiento de la relación con el mundo, en todas sus dimensiones.

El trabajo de descolonización muy a menudo ha sido marcado por una transformación espiritual, sea en Irán con el Ayatola Jomeini y Ali Shariati, en Estados Unidos con Martin Luther King o Malcolm X, en India con Gandhi, en Perú con Tupac Amarú, en Argelia con Malek Bennabi, en Burkina Faso con Thomas Sankara o en Nicaragua con los sandinistas: consiste en una puesta a distancia crítica del “centro colonial”, encarnado en la forma de religiosidad dominante, mediante la ayuda de la conversión a otra religión, o bien mediante una reapropiación de esta fuente religiosa y su reajuste en una nueva interpretación. En definitiva, ambas tentativas no son tan diferentes.

Volviendo a la especificidad de la cuestión de los afrodescendientes uruguayos, no puedo dejar de evocar el rol identitario fundamental de las percusiones agrupadas bajo el nombre de “kandombe” (literalmente: “lo que hacen los negros” en idioma yoruba) en la conciencia afro. Ahí se encuentra el vínculo jamás interrumpido entre África y América, en los desfiles anuales o “llamadas”, que eran tanto demostraciones de fuerza como un medio de comunicación entre los esclavos africanos. Asimismo, encontramos en los símbolos que adornan diferentes banderolas, colores y banderas elementos de referencia propiamente africanos que nuestros ancestros buscaban transmitirnos: existen símbolos donde se mezclan la luna creciente y la estrella, indiscutible testimonio de la presencia del islam en los africanos deportados a América, corroborado por el descubrimiento de registros escritos en árabe por los esclavos africanos de Brasil.
El islam es pues un elemento integrado a la cultura africana y a la vez a la cultura afroamericana: una cuarta parte de los africanos deportados al universo concentracionario de América era musulmana.
Por supuesto que al kandombe no lo practican solamente los afrodescendientes. Muchos grupos están ahora mayoritariamente compuestos por blancos y un blanco puede perfectamente apreciar esta música e identificarse con ella. Esto no impide que la relación de un afrodescendiente con el kandombe sea necesariamente diferente: es para nosotros un elemento de supervivencia, una cuestión de vida o de muerte para nuestro pueblo el saber preservarlo y recordar sin cesar su significado y su historia.

Esta narración del rol de la cultura en la construcción de mi propia identidad no es, por cierto, tan orgánica y lineal como podría parecer: intento volver a juntar los fragmentos a posteriori. Tampoco quiere decir que el trabajo esté acabado. La profesión de la fe islámica tiene, por ejemplo, un lugar significativo: es un accidente en este trabajo de deconstrucción y un agente importante en el trabajo de reconstrucción, por lo tanto no ha sido otra cosa que el fruto de una búsqueda espiritual interior que trasciende estas consideraciones a la vez que las contiene. El grado de importancia de su rol solamente se me hizo claro, por así decirlo, durante la redacción de este artículo.

Mi reflexión sobre este tema todavía se encuentra en un estadio embrionario y cualquier comentario o recomendación sería para mí una ayuda valiosa en su desarrollo. Sobre todo si se considera que el acoplamiento del testimonio de una experiencia con su análisis constituye una empresa peligrosa en cuanto a la escritura de este artículo. La separación de la identidad afro en tres entidades es ficticia, por supuesto; no es sino un recorte que me permite expresar una relación con esta identidad y no una teoría de pretensión universal, como lo decía al principio de estas líneas. Cada parte es interdependiente e indisociable: la experiencia negra es a la vez una puerta y una jaula oscura, su relación con la historia una llave y una cadena, y su cultura una luz preciosa.

Febrero de 2013

Traducción del francés: Véronique Celton – Revisión: María Wallas


1. Esta nota ha sido publicada originalmente en francés en el sitio web de Les Indigènes de la République, http://www.indigenes-republique.fr/article.php3?id_article=1802 La traducimos y la publicamos con la muy amable autorización del autor (N. de la T.).
2. http://www.cases-rebelles.org/qui-est-noir-e/. Se puede leer el artículo en castellano en mi blog www.descoloniza-te.blogspot.com. Cases Rebelles es un sitio web francés de afrodescendientes y africanos, que alberga un programa de radio online.
3.http://www.mrax.be/spip.php ?article270
4.El autor se refiere a situaciones en las que presencia y percibe directamente la transformación de su propia identidad en la mente de un interlocutor, en el momento en que este se percata de su mestizaje. Con frecuencia cambia la actitud de la persona hacia él. Entró como blanco en una habitación, pero sale mestizo de ella (N. de la T.).
5.Quiero aclarar que este es el caso real de una mujer que conocí en el Norte argentino, hija de una japonesa y de un argentino blanco y a la que todos percibían como “indígena”, lo cual por supuesto no corresponde. Mi propósito es insistir en el derecho de cada uno a autodefinirse.
6.http://www.theroot.com/views/exactly-how-black-black-america ?page=0,0&fb_ref=fb_share_toolbar_horizontal)
7.Ver al respecto: “An African Tree Produces White Flowers: Black Consciousness in the Afro-Argentine Community During the Nineteenth and Twentieth Centuries” : http://www.as.miami.edu/clas/pdf/erika_edwards.pdf
8.Volveré sobre el caso del kandombe y su reapropiación problemática como «elemento nacional» de la cultura uruguaya en otro artículo, así como sobre el racismo en Uruguay, su costado más «estructural» y sus especificidades nacionales.
9.“colorismo”: teoría tendiente a dividir el afro descendiente en una miríada de categorías según el color de la piel y la parte más o menos importante de « sangre » negra.
10.Fanon, F., Los condenados de la Tierra, 1ª edición, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007 (N. de la T.).
11.Galeano, E., Las venas abiertas de América latina, Buenos Aires, Siglo XXI editores, 2010 (N. de la T.).
12.http://www.liberation-opprimes.net/la-fatwa-de-cheikh-el-ibrahimi-contre-le-colonialisme/


jueves, 4 de abril de 2013

Celebración del Día los Derechos Humanos de Sudáfrica

Día de los Derechos Humanos, 21 de marzo de 2013 -La Mansión del Four Seasons, Cerrito 1455

Discurso de su Alteza Real Princesa Zenani Mandela
Embajadora de Sudáfrica en Argentina

 
Distinguidos invitados, damas y caballeros,

Hoy se recuerda el 17.o aniversario del Día de los Derechos Humanos en Sudáfrica, un día que ha sido declarado Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, en honor y memoria de los sudafricanos que fueron masacrados en Sharpeville, Sudáfrica, el 21 de marzo de 1960, por manifestarse en contra de la ley de pases que los obligaba a llevar documentos cada vez que ingresaban en áreas reservadas para “europeos”. Tal era la brutalidad del Apartheid: una política que fue declarada crimen contra la humanidad por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Se ha dedicado este día a conmemorar el establecimiento de la Comisión de Derechos Humanos de Sudáfrica (SAHRC, por sus siglas en inglés). El objetivo de SAHRC es promover el respeto por los derechos humanos, promover la protección, el desarrollo y consecución de los derechos humanos, y monitorear y evaluar el cumplimiento de los derechos humanos en Sudáfrica.

Sus Excelencias, damas y caballeros,

Es un gran honor para mí hablarles sobre un asunto que ha ocupado un lugar muy cercano a mi corazón desde que tengo memoria. En toda nuestra historia como seres humanos, nada ha sido tan importante en cada época como los derechos humanos. Es el tema que ocupa páginas y páginas en nuestros libros de historia y que también ha servido de inspiración a nuestros más grandes poetas, cantantes, cuentistas, bailarines, cesteros, y es así como debe ser.

Permítanme decir de entrada que para mí los derechos humanos nunca han sido una noción abstracta, distante. Crecí en un hogar en el que las ideas de justicia, equidad, dignidad y derechos humanos se inscribieron en nosotros desde el momento en que empezamos a hablar. Mi padre y mi madre han dedicado sus vidas a la causa de los derechos humanos, e incluso la escuela secundaria a la que me enviaron fue elegida por su compromiso con la idea de los derechos que pertenecen a cada ser humano.

Nada encuentra mayor eco respecto de mi propio sentido de la dignidad que el Artículo 1 de la Declaración de Derechos Humanos, que dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Pero el desafío no reside en expresar los derechos humanos en forma elocuente, sino en la forma en que las personas los experimentan en su vida diaria. Creo que es esto lo que dio origen a las Instituciones del Capítulo 9 de Sudáfrica, que juntas aseguran que el Estado haga todo en su poder para que las personas y los grupos de personas gocen de sus derechos humanos.

Distinguidos invitados,

Me enorgullece el papel que Sudáfrica ha cumplido en liderar el camino con su reconocimiento y celebración de los derechos humanos de todos, sin distinción de raza, nacionalidad, religión, color, orientación sexual o idioma. Cuando redactamos nuestra Constitución, lo hicimos muy a sabiendas del lugar central que ocupa el respeto por los derechos humanos universales para el establecimiento de una democracia constitucional valiosa. La larga lucha por la democracia nos había convencido de que nada excepto la libertad sin condiciones ofrecería la clase de libertad que con tanto esfuerzo habíamos luchado por materializar.

En nuestra búsqueda por ayudar a curar las heridas del país y lograr la reconciliación de su pueblo revelando la verdad acerca de las violaciones de los derechos humanos ocurridas durante el Apartheid, Sudáfrica recurrió a la Comisión de Verdad y Reconciliación (TRC, por sus siglas en inglés). La TRC fue un cuerpo similar a un tribunal que se formó en 1995 en Sudáfrica. Se instruyó a la Comisión pronunciarse respecto de lo que se había hecho, por quién y a quién, por qué y qué iba a hacerse respecto de esos abusos del pasado en nuestro presente más calmo. La experiencia de Sudáfrica resultó única porque el proceso no se ocupaba sólo de otorgar amnistía a los perpetradores de los abusos contra los derechos humanos; también buscaba dar voz a las víctimas y preveía la indemnización y rehabilitación de las víctimas. Subsiguientemente, Sudáfrica asistió a numerosos países africanos a establecer sus propias TRC, sobre la base del entendimiento de que la cura y la construcción de un país no es un hecho solo, sino un proceso continuado.

Como es sabido, tanto Sudáfrica como Argentina padecieron sistemas autoritarios en el pasado reciente, es decir, el sistema delApartheid en Sudáfrica y la dictadura militar en Argentina, en que serias violaciones a los derechos humanos fueron cometidas por parte de ambos regímenes. En ese sentido, los Ministros de Relaciones Exteriores de ambos países, en su reunión mantenida en noviembre de 2012,tomaron nota de algunas exitosas áreas de cooperación entre ambos gobiernos, mientras que también delinearon cuestiones clave que requerían de especial atención para lograr una mayor profundización de la vibrante cooperación en el campo mencionado.

Una de las áreas en las que mi país se propuso marcar una diferencia inmediata fue en abordar los muchos años de inequidad de Género. Si bien la Constitución declaraba la igualdad entre hombres y mujeres, así y todo era importante asegurar que esta igualdad estuviese reflejada en los hechos y no sólo en las palabras. Creo que es esto lo que ha hecho posible que Sudáfrica designara mujeres para algunas de sus instituciones clave, tanto públicas como privadas, incluido el sistema judicial, la comisión electoral y el banco de reservas.

Me gustaría agregar que una de las cosas que considero fue muy importante que hiciera Sudáfrica fue declarar en forma inequívoca que Sudáfrica pertenece a todos los que viven en ella. Esto significa que los refugiados y los que buscan asilo en nuestro país tienen acceso a todo el abanico de derechos de que gozan los ciudadanos sudafricanos. Yo creo que esto refuerza nuestra visión de que los derechos humanos no son divisibles y que si no se dispensan a todos, una sociedad no puede ser completamente libre, justa y democrática.

No hay duda de que construir y profundizar nuestra democracia constitucional sigue siendo un trabajo en curso, pero sí creo que en 19 años, hemos logrado mucho de que enorgullecernos. Permítanme ahora concluir con una nota personal y decir que es una profunda satisfacción ver cómo el resto del mundo se ha convertido en un laboratorio global para experimentar con el maravilloso sueño de una sociedad libre en la que los Derechos Humanos figuran como un ingrediente clave de las sociedades.

¡Muchas gracias!